
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
El oro del velocista boricua José Yavier Figueroa en Perú, no sorprendió a quienes han seguido de cerca su desarrollo
José Yavier Figueroa llegó a Lima, Perú, como uno de los nombres más calientes del atletismo puertorriqueño. Venía de cerrar una carrera extraordinaria en la Liga Atlética Interuniversitaria (LAI), de romper los récords nacionales de los 200 y 400 metros y de producir uno de los meses más impresionantes que ha tenido un velocista boricua en tiempos recientes. El pasado fin de semana dio un paso más al conquistar la medalla de oro en los 200 metros del Campeonato Iberoamericano de Atletismo, confirmando que lo ocurrido durante las últimas semanas no era una casualidad ni un momento pasajero.
Lo interesante de esta historia es que el oro de Lima no sorprendió a quienes han seguido de cerca su desarrollo. Durante mayo, Figueroa corrió 20.02 segundos para establecer un nuevo récord nacional en los 200 metros. Antes, había registrado 20.07 y 20.06, mientras implantaba también una nueva marca nacional en los 400 metros con 44.49 segundos.
Cuatro de sus seis mejores carreras de por vida en los 200 metros ocurrieron durante el mismo mes. Cuando llegó el momento de competir en el escenario iberoamericano, José no estaba persiguiendo una sorpresa. Estaba recogiendo el fruto de un proceso que llevaba años construyéndose. Por eso me llamó tanto la atención escuchar hace unos días al entrenador nacional Luis López, en una entrevista concedida al programa radial La Descarga Original de WIPR 940 AM.
Cuando se le preguntó sobre José Yavier Figueroa, no comenzó hablando de marcas ni de medallas. Tampoco habló de récords nacionales. Lo describió como un soñador. Luego añadió que era un atleta apasionado, analítico y que siempre había tenido metas claras. Más adelante, explicó que una de las cosas que ha aprendido José es cómo alcanzar esas metas y cómo convertir aspiraciones en objetivos concretos.
Esa explicación me parece más importante que cualquier cronómetro. Muchas veces vemos el resultado final y olvidamos todo lo que ocurre antes. Vemos la medalla, pero no los años de trabajo. Vemos el récord, pero no las madrugadas. Vemos la celebración, pero no los sacrificios. López también habló sobre la necesidad de desarrollar una verdadera cultura de alto rendimiento en Puerto Rico y explicó que el éxito no depende únicamente del talento. Requiere disciplina, organización, descanso, preparación y una vida diseñada alrededor de una meta.
Cuando uno observa la trayectoria de José Yavier Figueroa, entiende exactamente a qué se refiere. Estamos hablando de un estudiante de Biología Pre-Médica de la Universidad Ana G. Méndez (UAGM), que logró combinar la exigencia académica con una carrera deportiva de alto nivel. Estamos hablando de un atleta que cerró su etapa universitaria con 23 medallas de oro en la LAI y que ahora comienza a trasladar ese éxito a escenarios internacionales.
Estamos hablando de un joven que asumió la responsabilidad de perseguir metas grandes y que decidió trabajar para alcanzarlas. Y quizás ahí es donde esta historia adquiere un significado que trasciende el atletismo. Muchas veces escuchamos que nuestros jóvenes han perdido el rumbo, que no tienen compromiso o que no están dispuestos a asumir sacrificios. Sin embargo, historias como la de José presentan una realidad distinta. Existe una generación de jóvenes puertorriqueños que estudia, trabaja, entrena y sigue apostando por metas ambiciosas.
Existe una generación que continúa demostrando que el talento acompañado de disciplina sigue siendo una combinación poderosa. Por eso, la medalla de Lima representa mucho más que una victoria individual. Representa una buena noticia para el atletismo puertorriqueño. Representa una buena noticia para nuestras universidades. Representa una buena noticia para los entrenadores que dedican años al desarrollo de sus atletas. Y representa una buena noticia para un país que necesita referentes positivos capaces de inspirar desde el trabajo y no desde el discurso.
Durante años, cuando se hablaba del atletismo masculino puertorriqueño, era inevitable pensar en Javier Culson. No porque fuera el único gran atleta que tuvimos, sino porque logró algo que muy pocos consiguen: capturar la atención de todo un país. Cada carrera generaba expectativa. Cada competencia provocaba conversación. Cada resultado alimentaba la ilusión colectiva.
Todavía es muy temprano para comparar trayectorias o logros. José apenas comienza a escribir los capítulos más importantes de su carrera. Pero sí existe algo que empieza a sentirse nuevamente: la expectativa. La sensación de que cada vez que este joven entra a una pista, puede ocurrir algo importante. Y para el atletismo masculino puertorriqueño, eso tiene un valor enorme.
Los próximos años serán los que determinen hasta dónde llegará José Yavier Figueroa. Quedan metas por alcanzar, campeonatos por disputar y nuevos retos por enfrentar. Pero, independientemente de lo que ocurra en el futuro, lo conseguido durante los últimos meses, ya envía un mensaje poderoso. Los sueños siguen teniendo espacio en Puerto Rico. Lo importante es que, como explicó su propio entrenador, esos sueños vayan acompañados de disciplina, dirección y trabajo. Cuando eso ocurre, algunas veces el resultado es un récord nacional. Otras veces es una medalla de oro. Y en ocasiones, como está ocurriendo ahora mismo, es la capacidad de hacer que todo un país vuelva a mirar una pista de atletismo con ilusión.

