
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
La Selección Nacional Femenina de Baloncesto volvió a escribir una página dorada en la historia deportiva del país al conquistar su quinto campeonato consecutivo de Centrobasket
Quizás el tiempo sea el encargado de colocar esta conquista en el lugar que verdaderamente merece dentro de la historia deportiva puertorriqueña. Muchas veces las grandes hazañas no son comprendidas en toda su dimensión mientras están ocurriendo y, precisamente, eso podría estar sucediendo con la Selección Nacional Femenina de Baloncesto.
Puerto Rico no solamente conquistó un nuevo campeonato regional. La victoria sobre México para obtener el quinto título consecutivo de Centrobasket, representa uno de los capítulos más importantes en los 55 años de historia del torneo. No debe olvidarse que Puerto Rico es el único país que ha participado en las 26 ediciones del evento desde su creación en 1971 y que esta generación acaba de colocar su nombre junto a las más grandes dinastías del deporte nacional.
Estamos hablando de un equipo que acumula 26 victorias consecutivas en el torneo regional, que no conoce la derrota en esta competencia desde el 14 de julio de 2017 y que ha convertido a Puerto Rico en la principal potencia del baloncesto femenino de la región.
La magnitud de esta gesta obliga a mirar hacia el pasado. Para encontrar una hazaña similar en nuestro baloncesto, hay que remontarse a la selección masculina que conquistó cinco títulos consecutivos de Centrobasket entre 1985 y 1993 bajo las direcciones de Ángel “Caco” Cancel, Raymond Dalmau y Carlos Morales. Tuvieron que pasar treinta y tres años para que otro seleccionado nacional puertorriqueño lograra igualar semejante proeza.
Por ello, esta generación merece un sitial de honor dentro de la historia deportiva nacional.
Sin embargo, este éxito tampoco comenzó en Managua ni en el primer campeonato conquistado en 2018. Esta historia viene construyéndose desde hace décadas, gracias al esfuerzo de muchas jugadoras, dirigentes y personas que apostaron por el desarrollo del baloncesto femenino en Puerto Rico, cuando quizás no existía la misma atención mediática ni el mismo respaldo que poseen otras disciplinas.
Este campeonato también pertenece a todas aquellas pioneras que ayudaron a abrir el camino para que hoy Puerto Rico pueda hablar de una auténtica dinastía deportiva. Pertenece a las jugadoras que representaron al país en épocas distintas, a quienes lucharon por mayores oportunidades y a quienes sembraron para que las generaciones actuales pudieran cosechar.
Es igualmente imposible analizar esta época dorada sin reconocer la figura del dirigente Gerry Batista. Desde su llegada al programa nacional en 2014, el técnico puertorriqueño ha sido una de las piezas fundamentales en la construcción de este proyecto, acumulando una extraordinaria marca de 32 victorias y apenas dos derrotas en el Centrobasket, además de cinco medallas de oro, una de plata y una de bronce.
Pero más allá de los números, Batista ha logrado algo que pocas veces se consigue en el deporte: darle continuidad, estabilidad e identidad a un programa nacional. Ha sabido manejar distintas generaciones de jugadoras, integrar nuevos talentos y mantener vivo el compromiso y el sentido de pertenencia de representar a Puerto Rico. Así como la historia recuerda a los dirigentes que encabezaron las grandes gestas del seleccionado masculino, el nombre de Gerry Batista merece ocupar un lugar importante cuando se escriba la historia de esta época dorada del baloncesto femenino puertorriqueño.
Naturalmente, las grandes protagonistas continúan siendo las jugadoras.
Pamela Rosado, en su novena participación en el torneo, alcanzó su octava medalla y continúa consolidándose como una de las grandes figuras en la historia del baloncesto femenino puertorriqueño. Imani McGee-Stafford, por su parte, fue seleccionada la Jugadora Más Valiosa del torneo tras liderar la competencia en rebotes y bloqueos, mientras que figuras como Arella Guirantes, Tayra Meléndez y el resto del grupo han convertido la palabra consistencia en la principal característica de este programa.
No obstante, también resulta válido preguntarse si el país realmente ha dimensionado la magnitud de esta gesta. En ocasiones pareciera que los triunfos de esta selección se convierten en noticia de un día, cuando la realidad es que estamos hablando de un grupo que ha representado a Puerto Rico en Copas del Mundo, Juegos Olímpicos y que continúa colocando la bandera puertorriqueña en lo más alto del escenario regional.
Pocas generaciones deportivas puertorriqueñas pueden presentar una hoja de servicios semejante.
Resulta paradójico que una generación que ha llevado el nombre de Puerto Rico a los escenarios más importantes del baloncesto internacional todavía no ocupe el espacio que merece dentro de las grandes conversaciones deportivas del país. Quizás el paso del tiempo termine haciendo justicia histórica con un grupo de mujeres que, silenciosamente, ha construido una de las dinastías más impresionantes en la historia del deporte nacional.
Cada triunfo de esta selección también representa una victoria para cientos de niñas puertorriqueñas que hoy ven en estas jugadoras un espejo donde mirarse. Las grandes generaciones deportivas no solamente ganan campeonatos; también inspiran vocaciones, crean referentes y abren caminos para quienes vendrán después.
Cada vez que las notas de La Borinqueña retumban fuera de nuestra Isla y la bandera puertorriqueña asciende en un escenario internacional, el deporte vuelve a recordarnos que, pese a nuestras diferencias, seguimos siendo un pueblo capaz de unirse alrededor de sus atletas. Eso fue precisamente lo que volvió a ocurrir en Managua, donde un grupo de mujeres provocó nuevamente un sentimiento de orgullo nacional.
Dentro de algunos años, cuando se escriba la historia del deporte puertorriqueño del siglo XXI, será imposible hacerlo sin dedicar un capítulo especial a esta generación. Porque más allá de las medallas y los campeonatos, estas mujeres lograron algo todavía más importante: hacer que un país entero volviera a sentirse orgulloso cada vez que veía ascender su bandera y escuchaba las notas de La Borinqueña en un escenario internacional.
Quizás entonces comprenderemos plenamente la dimensión de esta gesta y entenderemos que fuimos testigos de una época irrepetible, de una dinastía construida con sacrificio, compromiso y amor por Puerto Rico.
Cinco campeonatos consecutivos no solamente representan una extraordinaria dinastía deportiva; representan cinco ocasiones en las que un país entero volvió a sentirse unido y orgulloso al ver su bandera ascender y escuchar las notas de La Borinqueña en un escenario internacional, recordándonos que estas mujeres ya ocupan un lugar privilegiado entre las más grandes generaciones en la historia del deporte puertorriqueño.






