Esta es una de las áreas que hemos invisibilizado al reproducir la idea de que los trastornos por uso excesivo de alcohol, medicamentos y otras sustancias no afectan a la población de adultos mayores
Por Juan A. Nazario Serrano, Psy.D
Para Soy Silver
Durante las pasadas semanas se ha traído a la discusión pública una realidad que conocemos, pero continuamos ignorando, Puerto Rico tiene una población cada vez mayor de adultos mayores. Se estima que cerca del 25 % de nuestra población tiene 65 años o más. Ya no hablamos de un grupo minoritario, sino de uno de los sectores demográficos más numerosos y de mayor crecimiento en el país.
Ignorar la adultez mayor constituye una manifestación de un estigma del que poco se habla, pero que se vive diariamente. Invisibilizar a nuestros adultos mayores tendrá consecuencias nefastas. No responder a sus necesidades ni adaptarnos al momento histórico que vivimos continuará vulnerabilizando a nuestros viejos y exponiéndolos a riesgos, entre ellos, el consumo problemático de sustancias.
Esta es precisamente una de las áreas que hemos invisibilizado al reproducir la idea de que los trastornos por uso de sustancias pertenecen exclusivamente a otras poblaciones. Incluso, muchos estudios epidemiológicos dejan fuera a las personas de 65 años o más. Sin embargo, algunos adultos mayores llegan a la vejez con un historial prolongado de consumo; otros lo desarrollan a través de distintas etapas y circunstancias; y otros comienzan a consumir problemáticamente ante pérdidas, enfermedades, dolor, soledad, jubilación y múltiples cambios asociados con el envejecimiento.
El consumo no desaparece con la edad ni siempre involucra sustancias ilícitas como heroína o cocaína. También puede relacionarse con el mal uso de medicamentos para el dolor, benzodiacepinas para la ansiedad o el insomnio, cannabis medicinal o recreativo, múltiples medicamentos y sustancias socialmente normalizadas como el alcohol y la nicotina.
Uno de los grandes desafíos es la coexistencia de enfermedades crónicas, dolor, limitaciones de movilidad y deterioro cognitivo que requieren tratamiento farmacológico. A esto se añaden la muerte de la pareja, el aislamiento, la pérdida de identidad tras la jubilación, la reducción de ingresos, la falta de apoyo familiar, la vivienda inestable, el trauma y la discriminación por edad.
Muchos adultos mayores toman cinco o más medicamentos simultáneamente, aumentando el riesgo de interacciones, sedación, caídas, problemas de memoria, sobredosis accidentales y síntomas de retirada. Además, con la edad disminuyen el agua corporal y la capacidad del hígado y los riñones para procesar sustancias. Estas permanecen más tiempo en el organismo y producen efectos más intensos. Una dosis que parecía “normal” en el pasado, puede dejar de ser segura en la vejez.
El estigma también está presente en los servicios de salud. El problema pasa inadvertido porque no se evalúa el consumo en esta etapa o porque sus manifestaciones como confusión, somnolencia, caídas, irritabilidad o problemas de memoria, se atribuyen erróneamente a “cosas de la edad”. La respuesta no debe ser punitiva ni confrontativa. Debemos comprender qué función cumple la sustancia en la vida de la persona, aliviar dolor, dormir, manejar una pérdida o sobrellevar la soledad.
Preguntar con respeto permite detectar riesgos sin avergonzar. La familia puede ser una aliada, pero no debe sustituir la voz ni la autonomía del adulto mayor. El tratamiento necesita integrar salud física, salud mental, apoyo social y alternativas no farmacológicas para el dolor, la ansiedad y el insomnio, según las necesidades individuales.
Necesitamos estándares de cuidado centrados en la persona, profesionales capacitados, historiales completos de sustancias y medicamentos, evaluación de experiencias de trauma y estrés, y procesos rutinarios de cernimiento en el cuidado primario. También debemos facilitar el acceso a tratamientos basados en evidencia, fortalecer la investigación y repensar nuestras políticas públicas sobre envejecimiento y sustancias.
Hablar de envejecimiento saludable exige reconocer esta realidad. No identificar el uso problemático de alcohol, medicamentos y otras sustancias no significa que no exista; significa que continúa envejeciendo en silencio.
El autor es director del programa de Adiestramiento de Trastornos por Uso de Sustancias Informado en Trauma (ATUSIT), en la Universidad Albizu.
