
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
Puerto Rico todavía puede llegar a Catar 2027, pero el 2-6 obliga a mirar mucho más allá de las derrotas ante Argentina y Uruguay
Puerto Rico todavía no está eliminado de la Copa del Mundo FIBA 2027 y hay que comenzar por ahí, porque una columna responsable no puede convertir una situación crítica en una sentencia que las matemáticas todavía no han dictado. Pero, tampoco podemos ponerle azúcar a una realidad amarga.
Después de las derrotas ante Argentina y Uruguay, la Selección Nacional masculina tiene marca de 2-6, ocupa la quinta posición del Grupo F y necesita ganar los cuatro partidos que le restan para mantener vivas sus posibilidades, sin que eso por sí solo le asegure el boleto. El diario Primera Hora explicó esta semana que el panorama también obliga a mirar los resultados de otros equipos, mientras FIBA reconoce que Puerto Rico ya no controla completamente su destino. Para un país que ha participado en diez Mundiales consecutivos desde 1986, y cuya última ausencia ocurrió en Colombia 1982, no estamos hablando de una ventana cualquiera: está en peligro una de las grandes continuidades internacionales del deporte puertorriqueño.
Lo sencillo sería buscar la explicación exclusivamente dentro de la cancha. Puerto Rico perdió balones, falló tiros libres, no ejecutó en momentos importantes y tuvo posesiones en las que las emociones parecieron imponerse sobre la lectura del juego. Carlos González, dirigente de la Selección Nacional masculina, reconoció esas deficiencias luego de los partidos. Tras Uruguay, Gian Clavell resumió en declaraciones recogidas por los periódicos Primera Hora y El Nuevo Día el sentir del grupo: “Estamos frustrados. Tristes”.
Los jugadores tienen responsabilidad porque son ellos quienes ejecutan, como también la tiene el cuerpo técnico por las decisiones que toma. Pero quedarse solamente ahí, sería estudiar los síntomas y olvidarnos de preguntar por la enfermedad. El Nuevo Día contabilizó 36 pérdidas de balón y 20 tiros libres fallados entre los dos encuentros. Son números demasiado grandes para ignorarlos, pero también demasiado importantes para analizarlos sin mirar las condiciones en las que aquel grupo llegó a jugar.
Puerto Rico comenzó a practicar en Argentina el 24 de agosto y apenas contó con tres días de trabajo antes de enfrentar a los argentinos el 27. Primera Hora documentó posteriormente un contraste que merece atención: Argentina dispuso de 22 días de preparación y Uruguay de 26, incluidos dos fogueos en China. Y aquí comienza el verdadero pique de esta historia. La gira uruguaya no fue un acontecimiento improvisado.
El 30 de julio, Montevideo Portal informaba que la Federación Uruguaya de Basketball había convocado 14 jugadores para viajar a China y enfrentar a la selección de ese país el 13 y 15 de agosto, especificando que aquellos partidos servirían de preparación para la ventana clasificatoria contra Bahamas y Puerto Rico. Uruguay pudo jugar, probar combinaciones, equivocarse, ajustar y volver a competir antes de que los resultados contarán para el Mundial. Puerto Rico tuvo que hacer buena parte de ese aprendizaje cuando cada posesión ya pesaba en la clasificación.
El licenciado Yum E. Ramos Perales, presidente de la Federación de Baloncesto de Puerto Rico, en entrevista con Primera Hora ofreció una explicación que debe reconocerse. José Alvarado tenía compromisos relacionados con la NBA, Ethan Thompson atendía pruebas con organizaciones de la G League, Gian Clavell y George Conditt IV estaban en España e Isaiah Piñeiro se encontraba en Filipinas.
Ramos Perales señaló además, que los clubes no están obligados a liberar a los jugadores fuera del periodo establecido para las ventanas y sostuvo que la Federación sí cree en la preparación. Esa realidad existe y sería injusto esconderla. Lo que no puede convertirse es en una respuesta automática cada vez que Puerto Rico llega con poco tiempo, porque Argentina y Uruguay también viven dentro del calendario internacional. Las fechas se conocían, los rivales se conocían y la situación clasificatoria se conocía. Cuando una dificultad deja de ser inesperada y comienza a repetirse, ya no basta con explicarla; hay que demostrar qué se está haciendo para superarla.

Y hay otro número que incomoda todavía más. Primera Hora documentó que Puerto Rico ha utilizado 25 jugadores diferentes en cuatro ventanas, mientras solamente Isaiah Piñeiro, Stephen Thompson Jr. y Arnaldo Toro han participado en todas. Naturalmente, ninguna selección moderna puede garantizar los mismos doce cada vez. Existen lesiones, contratos, compromisos con clubes y situaciones personales. Pero una cosa es ajustar una plantilla y otra muy distinta es vivir reconstruyéndola.
La continuidad no aparece porque todos se pongan una camiseta que diga Puerto Rico. Un sistema necesita repeticiones, un armador necesita conocer las tendencias de sus compañeros, una defensa necesita reaccionar casi por instinto y un tirador debe saber de dónde llegará el pase antes de que la pelota salga de las manos de quien la conduce. Después de cuatro ventanas seguimos hablando de falta de ritmo y química. En algún momento habrá que preguntarse si verdaderamente estamos creando profundidad o simplemente cambiando nombres.
La confección de los doce merece por eso una discusión mucho más seria de la que permite la expresión “decisión técnica”. André Curbelo estuvo en la preselección anunciada por la Federación y finalmente quedó fuera por esa razón, según confirmó Primera Hora. Ramses “RJ” Meléndez también estuvo entre los 24 considerados y tampoco integró el grupo definitivo. Esto no significa que con ellos Puerto Rico hubiese ganado en Argentina o Uruguay.
Nadie puede reescribir un partido después de terminado y adjudicar victorias hipotéticas. Pero tampoco se puede pretender que los antecedentes recientes de ambos jugadores no existían, especialmente cuando algunas de las deficiencias que exhibió Puerto Rico coincidieron, precisamente, con características que ellos habían demostrado durante la temporada.
André Curbelo venía de una temporada sobresaliente con los Atléticos de San Germán. Las estadísticas de la temporada regular registran 15.7 puntos, 6.3 rebotes, 6.8 asistencias y 1.4 robos por encuentro. En los playoffs elevó su producción a 21.8 puntos, 8.2 rebotes y 5.6 asistencias. Pero, ni siquiera hace falta depender exclusivamente de las estadísticas para valorar su campaña. El propio Baloncesto Superior Nacional lo escogió Progreso del Año 2026 y lo incluyó en su Quinteto Ideal, junto a Travis Trice, Jaylen Nowell, Montrezl Harrell y Moses Brown.
Curbelo fue el único nativo puertorriqueño dentro de ese grupo. Ese fue el armador que quedó fuera por decisión técnica de una Selección que posteriormente acumuló 36 pérdidas en dos partidos y que, cuando José Alvarado tuvo dificultades para generar, mostró problemas para encontrar otra conducción natural del juego. No afirmo que Curbelo hubiese salvado la ventana. Pregunto algo mucho más sencillo: ¿no era razonable contar con esa alternativa?
Ramses Meléndez presenta otra clase de argumento. En 23 partidos con los Capitanes de Arecibo promedió 17.5 puntos, 5.2 rebotes y 2.3 asistencias, con 54.9 por ciento de campo y 44.2 por ciento desde tres puntos. Antes había adquirido experiencia con los Capitanes de Ciudad de México en la NBA G League, cuya página oficial registra para él medias de 11.5 puntos, 3.8 rebotes y 1.1 asistencias en la temporada 2025-26. Hablamos de un alero de 6′ 7 «, de 23 años, con capacidad para abrir la cancha y que posteriormente participó en la Liga de Verano de la NBA con los Spurs de San Antonio y firmó con el Tezenis Scaligera Verona de Italia. El Nuevo Día documentó ese salto al baloncesto italiano en julio.
Otra vez: nadie puede asegurar que Meléndez hubiese entrado a Montevideo y cambiado el resultado. Pero cuando una selección necesita anotación, tamaño en el perímetro y amenaza exterior, resulta absolutamente legítimo preguntar qué característica buscábamos que un jugador de esa producción reciente no podía ofrecernos.
La comparación se hace todavía más incómoda porque Primera Hora informó que Davon Reed, quien no jugaba desde abril, fue escogido por decisión técnica por encima de alternativas como Meléndez y terminó con apenas dos puntos entre los dos partidos. Esto no es un ataque contra Reed. Él no confeccionó la Selección, no se convocó a sí mismo y merece respeto por responder al llamado. Precisamente por eso, el cuestionamiento no debe dirigirse hacia él, sino hacia el criterio utilizado para construir un equipo que llegaba a dos partidos de enorme importancia.
No hace falta menospreciar a quienes fueron para reconocer los méritos de quienes no fueron. Basta mirar los números de Curbelo y Meléndez, y aceptar que había razones deportivas suficientes para que sus exclusiones generarán preguntas.
Lo más curioso es que, cuando Primera Hora preguntó a Ramos Perales sobre algunas de las decisiones relacionadas con los armadores, el presidente reconoció que tendría que conversar con los dirigentes y con las personas encargadas del reclutamiento antes de entrar en detalles. Es correcto que un presidente no seleccione jugadores desde una oficina y que delegue el componente técnico en quienes fueron designados para hacerlo. Pero, precisamente, porque la decisión es técnica, debe existir una explicación técnica que permita entenderla. Cuando el equipo está 2-6, pierde 36 balones en dos partidos y deja fuera a un armador que acababa de ser seleccionado para el Quinteto Ideal del BSN, responder que fue una decisión técnica no acaba la discusión… la comienza.
Y en medio de todo esto aparece Tremont Waters. Su caso tiene que tratarse con cuidado, porque sufrió una grave lesión en el tendón de Aquiles y nadie tiene derecho a minimizar lo que significa rehabilitarse de una lesión de esa magnitud. Primera Hora documentó su regreso al BSN en abril de 2026, después de más de un año fuera. El 10 de junio, mientras nuevamente se encontraba activo como jugador profesional, anunció con apenas 28 años su retiro de la Selección Nacional. En su propio mensaje explicó que el año de recuperación le había hecho reflexionar sobre distintas “verdades y realidades” de la carrera de un atleta. Esa fue su explicación y debemos respetarla; no existe base para afirmar que mintió sobre su lesión ni para adjudicar su decisión a una pelea personal con Carlos Arroyo.
Pero tampoco podemos borrar lo ocurrido antes. En julio de 2024 Waters había reclamado públicamente mejores condiciones para los jugadores de la Selección, unas expresiones que fueron reseñadas por Metro Puerto Rico. El Nuevo Día informó posteriormente, que parte de aquel malestar surgió luego de que un equipo de rehabilitación solicitado por el jugador tardara varios días en ser provisto durante el Repechaje Olímpico. Carlos Arroyo respondió entonces públicamente que trabajaría para que los jugadores contaran con los recursos necesarios.
Y cuando Waters se retiró en junio de 2026, Primera Hora reportó, atribuyéndolo expresamente a fuentes cercanas al jugador, que continuaba existiendo descontento con el programa desde aquella situación de 2024. Son hechos publicados; lo que no sabemos es cuánto peso tuvo cada uno en la decisión final de Waters. Entonces, la pregunta correcta no es acusarlo ni acusar a nadie, es preguntarnos cómo una de las piezas fundamentales del ciclo olímpico decidió terminar su trayectoria con Puerto Rico en plena edad competitiva, mientras continuaba jugando baloncesto profesional.
Carlos Arroyo, gerente general de la Selección Nacional masculina, reaccionó al retiro de Waters mediante un mensaje en Instagram reproducido por Primera Hora: “Habrá un antes y un después de TW”. Probablemente tenía razón. Waters dejó un vacío deportivo evidente y José Alvarado pasó a cargar buena parte de la responsabilidad en la posición. Es porque existe un antes y un después, que un programa nacional necesita estar preparado para ese después. Ninguna selección puede depender de que un jugador permanezca para siempre; la obligación estructural consiste en que cuando una figura se vaya, la próxima pieza no comience a prepararse el día de la convocatoria.
Quizás ahí también tengamos que mirar con otros ojos uno de los mayores triunfos recientes del baloncesto puertorriqueño. La clasificación a París 2024, después de veinte años fuera de unos Juegos Olímpicos, fue extraordinaria. Se ganó en cancha y se celebró como correspondía. Pero, a veces las victorias también esconden problemas.
Un resultado grande puede producir la impresión de que todo alrededor funciona a la perfección, cuando tal vez lo que ocurrió fue que un grupo extraordinario consiguió superar dificultades que continuaban presentes. Dos años más tarde, hablamos de poca preparación, falta de continuidad, 25 jugadores utilizados, decisiones cuestionadas de convocatoria, una figura importante retirada prematuramente y una clasificación mundialista en peligro. La pregunta no pretende restarle mérito a París; pretende impedir que París se convierta en una excusa para no examinar lo demás.
Tampoco creo que la solución consista en buscar inmediatamente una cabeza. Ramos Perales ratificó a Carlos González en declaraciones a Primera Hora y sostuvo que sería injusto adjudicar las derrotas exclusivamente al dirigente, porque el proceso se administra, se dirige y se juega colectivamente. En eso tiene razón. González no controla los contratos de los jugadores, no inventó las ventanas y ha tenido que trabajar con una rotación constante de personal. Tampoco sería serio colocar toda la responsabilidad sobre Carlos Arroyo o convertir al presidente federativo en culpable único de lo que está ocurriendo. Justamente, esa es la preocupación: si el problema incluye reclutamiento, preparación, continuidad, confección y desarrollo, entonces es probable que sea demasiado grande para cargarlo sobre un solo nombre.

Pero responsabilidad compartida no puede significar responsabilidad diluida. Si todos son parte del proceso, todos tienen que ser parte de la evaluación. En declaraciones a El Nuevo Día, Ramos Perales dijo que a su regreso de Alemania se reuniría con Arroyo y González para planificar y discutir la próxima ventana. También reconoció algo fundamental: Puerto Rico necesita ganar los cuatro partidos que le quedan y esperar uno o dos resultados de Bahamas o Uruguay. Esa admisión coloca el panorama en su justa perspectiva: ya no basta únicamente con resolver lo nuestro. Ahora dependemos parcialmente de lo que suceda en otras canchas.
Puerto Rico visitará a Panamá el 26 de noviembre, recibirá a Uruguay el 29 y posteriormente jugará en casa contra Argentina el 26 de febrero de 2027 y Panamá el 1 de marzo. La FIBA establece que los tres primeros equipos de cada grupo de segunda ronda y el mejor cuarto lugar entre ambos grupos obtendrán los siete boletos de América. La puerta todavía está abierta, pero ya no depende enteramente de nuestras manos.
El problema es que la conversación no puede limitarse nuevamente a cómo preparar noviembre. Una selección con la tradición de Puerto Rico necesita saber quién es su primera opción, quién es la segunda y quién se está desarrollando para convertirse en la tercera; necesita jóvenes incorporándose sin que cada convocatoria parezca una prueba distinta y necesita una filosofía que sobreviva aunque una estrella no pueda llegar.
Puerto Rico todavía puede clasificar, y ojalá lo haga. Nadie debería desear una eliminación para poder decir después que tenía razón. Si gana los cuatro partidos y consigue la combinación que necesita, habrá que celebrarlo nuevamente. Pero esta vez, la celebración no puede borrar las preguntas. Ganar no convertiría tres días en tres semanas, no borraría las 36 pérdidas, no transformaría automáticamente 25 jugadores diferentes en continuidad ni explicaría por qué algunos de los canasteros de mejor rendimiento reciente quedaron fuera cuando el equipo necesitaba precisamente algunas de las herramientas que ellos podían aportar.
Puerto Rico tiene jugadores. Tiene un BSN vigoroso, talento desarrollándose dentro y fuera del país, historia, fanaticada y una camiseta que ha competido contra las grandes potencias del mundo durante generaciones. Por eso las expectativas son altas y tienen que seguir siéndolo. Lo que no podemos hacer es exigir preparación de potencia mundial si no construimos condiciones de potencia mundial. Uruguay no se convirtió en mejor equipo simplemente por montarse en un avión hacia China. Lo importante es que su federación decidió con anticipación que aquellos fogueos podían ayudar cuando llegara la ventana contra Bahamas y Puerto Rico. Ese contraste, comprobado y público, dice mucho más de lo que parece.
Las derrotas ante Argentina y Uruguay ocurrieron en cuarenta minutos cada una, pero lo que estamos discutiendo comenzó mucho antes del salto inicial. Y si después de todo esto seguimos pensando que la solución consiste únicamente en reunir doce nombres unos días antes de la próxima fecha, entonces quizás todavía no hayamos entendido la dimensión del problema.
Puerto Rico todavía tiene cuatro partidos para salvar el Mundial. Pero la Federación tiene algo todavía más importante que salvar: la certeza de que el próximo Equipo Nacional no tendrá que empezar a construirse cuando ya esté llegando al aeropuerto.
