Una temporada histórica llevó al talentoso velocista mayagüezano a competir de frente con la élite internacional
José “Yavi” Figueroa terminó su temporada sin alcanzar la final de los 200 metros en Budapest. Corrió 20.46 segundos, ocupó la quinta posición de su semifinal y quedó a un puesto de avanzar. Ese resultado, visto aisladamente, podría parecer una estadística más. Pero, sería injusto mirar solamente esa carrera para medir lo que acaba de hacer un joven puertorriqueño que, en cuestión de meses, pasó de dominar nuestras pistas a medirse continuamente con algunos de los mejores velocistas del mundo.
Figueroa cerró una campaña de casi 40 carreras. Hubo competencias universitarias, compromisos internacionales, campeonatos, relevos y cuatro presentaciones en la Liga Diamante. Su primera experiencia en ese exigente circuito llegó en julio, en Eugene, Oregon, y desde entonces comenzó un recorrido que también lo llevó a Lausana, Zúrich y Bruselas. Por primera vez, tuvo que aprender no solamente a correr rápido, sino a competir repetidamente contra atletas mundialistas y olímpicos, viajando entre eventos y enfrentando periodos de recuperación mucho más cortos de los que había conocido.
Ese detalle merece atención. En ese nivel las diferencias pueden encontrarse en centésimas, en una salida, en cómo se toma la curva o en la capacidad de sostener la velocidad durante los últimos metros. Figueroa se encontró además con corredores de mayor estatura y longitud de zancada, características que obligan a entender la carrera y utilizar correctamente las propias fortalezas. No se trata de buscar excusas para una actuación determinada, sino de comprender que esta fue también su primera experiencia aprendiendo las exigencias de vivir una temporada entre la élite.
Los resultados demuestran cuánto avanzó. En las Justas de la Liga Atlética Interuniversitaria estableció récord nacional de 44.49 segundos en los 400 metros. En Medellín se convirtió en el primer puertorriqueño en bajar de los 20 segundos en los 200 metros al detener el reloj en 19.87. Más tarde, en Santo Domingo, volvió a estremecer el cronómetro con 19.76, nueva marca nacional, antes de conquistar el oro centroamericano y del Caribe con 19.98. También formó parte de relevos que establecieron nuevas marcas para Puerto Rico.
Sin embargo, quizás una de las imágenes más significativas de esta temporada no ocurrió durante una carrera. Figueroa apareció fotografiado junto a Usain Bolt. Sería absurdo establecer comparaciones entre ambos y tampoco hacen falta. El valor de aquella fotografía está en otra parte: un muchacho desarrollado en Puerto Rico llegó, por méritos propios, a los escenarios internacionales donde conviven las grandes figuras del atletismo. La distancia entre nuestras pistas y ese mundo, de momento, pareció mucho más corta.
Ahí está también una de las enseñanzas que deja su temporada. Figueroa es producto del patio, formado y entrenado por profesionales puertorriqueños. Antes, Javier Culson demostró que desde Puerto Rico podía construirse una carrera capaz de llegar a campeonatos mundiales y hasta a un podio olímpico. Ahora, Figueroa ofrece otra evidencia de que el talento existe y de que desarrollarlo aquí no tiene por qué significar limitar sus aspiraciones. Él mismo lo expresó durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe: desde la Isla se pueden conseguir grandes cosas cuando existen trabajo, recursos y oportunidades.
Eso no debe convertirse en una discusión contra quienes llegan desde otros lugares para representar a Puerto Rico. El deporte moderno tiene distintas realidades y cada caso merece su consideración. Pero tampoco podemos permitir que buscar talento fuera sustituya nuestra responsabilidad de encontrarlo y desarrollarlo dentro. Hay que invertir en entrenadores, instalaciones, competencia, preparación física, recuperación, ciencias aplicadas al deporte y oportunidades internacionales para nuestros jóvenes.
El 19.76 confirmó que Figueroa puede correr a una velocidad que hasta hace muy poco ningún puertorriqueño había alcanzado en los 200 metros. El próximo desafío será convertir esas grandes actuaciones en mayor consistencia frente a la élite. Budapest también forma parte de ese aprendizaje. Después de una temporada tan extensa, corresponde descansar, evaluar y regresar a trabajar sobre todo lo aprendido.
José Figueroa apenas comienza a descubrir hasta dónde pueden llevarlo sus piernas. Puerto Rico, mientras tanto, debería aprender algo de su recorrido. Quizás la pregunta más importante no sea cuánto más rápido podrá correr Yavi, sino cuántos jóvenes con condiciones semejantes están ahora mismo en alguna pista del país esperando entrenamiento, recursos y una verdadera oportunidad. Apostar por ellos no garantiza que todos llegarán al mundo, pero la temporada de Figueroa acaba de demostrar que, cuando uno de los nuestros recibe las herramientas para intentarlo, el mundo tampoco queda tan lejos.
