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Home PA' QUE GOCES CINE Y TEATRO

“Los Morrison” todavía tienen mucho que contarnos

Héctor Maldonado Por Héctor Maldonado
septiembre 29, 2026
in CINE Y TEATRO
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“Los Morrison” todavía tienen mucho que contarnos
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Los actores Sara y Joaquín Jarque estuvieron a la altura del exigente texto de Luis Rafael Sánchez en la obra “Quíntuples” 

Mayagüez – El escenario del Teatro Yagüez parecía decir poco antes de comenzar la función. Un podio, una pequeña mesa cubierta con un mantel floral, una jarra, algunos vasos, una cortina y, colocado sobre todo aquello, un cartel que anunciaba el “Congreso de Asuntos de la Familia 1984”. La austeridad podía parecer sorprendente para quien esperara una gran producción escenográfica, pero bastaron los primeros minutos de “Quíntuples” para comprender que aquella sencillez tenía una razón: la verdadera escenografía de la noche no estaba sobre las tablas, sino que sería construida por Sara y Joaquín Jarque dentro de la imaginación del público.

La representación descansó sobre dos actores obligados a sostener seis personajes, cada uno con personalidad, corporalidad, voz, ritmo y mundo interior propios. No había grandes cambios de escenario que ayudaran al espectador a pasar de una historia a otra. Eran los intérpretes quienes tenían que producir esas transiciones y convencer al público de que el cuerpo que acababa de abandonar el escenario ya no era el mismo que regresaba minutos después.

Sara Jarque constituye uno de los dos pilares sobre los cuales se sostiene esta producción. Es una actriz de teatro a quien gran parte del público puertorriqueño también reconoce por su trabajo televisivo, y esa experiencia se notó en la precisión de sus gestos, en el control del rostro, en la manera de utilizar los silencios y, especialmente, en la habilidad para modificar su energía de un personaje a otro. Frente a ella estuvo Joaquín Jarque, hombre esencialmente formado en las tablas, con una trayectoria amplia y reconocido incluso con un Emmy por su trabajo de voz actoral. El resultado no fue una competencia entre dos trayectorias, sino una complementación que benefició a toda la representación.

Ambos se obligaron mutuamente a mantener la vara alta. La puesta necesitaba de los dos con igual fuerza. La relación entre ellos resultó particularmente interesante, porque dos hermanos reales asumieron la responsabilidad de construir una familia ficticia dominada por recuerdos, versiones, secretos, deseos y contradicciones. Hubo, evidentemente, una complicidad nacida de conocerse, pero también mucho oficio teatral detrás de esa química.

Sara abrió ese universo como “Dafne Morrison” y desde allí comenzó a dibujarse la arquitectura de “Quíntuples”. El relato de sus siete maridos y la construcción mental alrededor de “Tony Pizza” colocaron inmediatamente al espectador en un territorio donde realidad, fantasía y exageración podían convivir. “Dafne” no necesitó que aparecieran físicamente aquellos hombres para que comenzáramos a imaginarlos. Sara utilizó la palabra, el gesto, la postura y la intención para hacerlos existir.

Fue allí, desde ese primer cuadro, que se comenzó a sentir con mayor claridad la presencia de Luis Rafael Sánchez detrás de los actores. Porque el texto exige mucho. Sánchez no entrega una conversación cotidiana sencilla. Su lenguaje crea imágenes, dobles sentidos, contradicciones y universos mentales que el actor debe comprender antes de poder transmitirlos. En esta producción, esa palabra escrita encontró cuerpos capaces de humanizarla. Lo que estaba en el papel comenzó a respirar, moverse, exagerarse y, sobre todo, a producir imágenes en la cabeza del espectador.

Joaquín Jarque apareció luego como“Baby Morrison” y el ritmo volvió a modificarse. El personaje tímido, nervioso, casi tembloroso, se alejó de la energía anterior y comenzó a construir su propio universo fantástico. Su gallo Pelón, junto a las referencias al gato y al perro, sirvió para que el público entrara en otra realidad mental completamente distinta. Joaquín cambió su registro corporal y vocal de tal manera que el personaje comenzó a existir desde la vulnerabilidad.

Entre una historia y otra comenzaron además a surgir señales que iban cosiendo la familia. Una de ellas fue la referencia reiterada a la madre que murió dándoles vida. Esa mujer ausente comenzó a ocupar espacio escénico sin aparecer nunca. Los personajes hablaban de ella, la recordaban y la incorporaban de manera indirecta a sus propias historias. De esa manera, los monólogos podían parecer independientes, pero iban levantando una estructura común que solo terminaría de comprenderse hacia el final.

“Bianca Morrison” volvió a transformar la escena. Sara regresó “de punta en blanco”, con otra postura, otra intención y una presencia en la que la apariencia formaba parte del discurso. Su nostalgia del vicio abrió otra ventana a los Morrison y permitió apreciar con mayor claridad el trabajo del vestuario diseñado por Alba Kercadó, a través del cual dos cuerpos podían contener seis vidas distintas. El maquillaje y la peluquería de Bryan Villarini reforzaron esas transformaciones.

Después del corto receso apareció “Mandrake Morrison” y con él cambió nuevamente la velocidad de la representación. Joaquín ocupó el Yagüez con una voz capaz de llenar la sala y con un personaje que llevó la obra hacia uno de sus registros más fantásticos. Su planteamiento de que el cuento depende de quien lo cuenta resultó fundamental para comprender el juego que Sánchez había estado proponiendo desde el principio. Cada Morrison ofrecía una versión, pero ninguna podía asumirse automáticamente como la verdad absoluta.

“Mandrake” también permitió que Joaquín exhibiera una zona distinta de su repertorio. Si “Baby”se había construido desde la fragilidad,“Mandrake” necesitaba presencia, proyección y cierto carácter casi mágico. Esa diferencia ayudó a que los cambios de personaje no parecieran simples ejercicios de caracterización. Cada aparición modificaba verdaderamente la atmósfera.

“Carlota Morrison” produjo otra variación importante. Sara estableció con ella una conexión más directa con el público y permitió que la pieza adquiriera un aire de mayor cotidianidad y frescura. La distancia entre las tablas y las butacas disminuyó. En una obra dominada por monólogos, esa relación con el espectador resulta indispensable, porque los Morrison no hablaban hacia un vacío; necesitaban saber que alguien los escuchaba. La actriz convirtió esa interlocución en parte del personaje y abrió todavía más el espacio teatral hacia quienes estaban sentados frente a ella.

Entonces llegó “Papá Morrison” y Joaquín asumió la responsabilidad de recoger muchas de las piezas que la obra había ido distribuyendo durante la noche. Su personaje funcionó como una especie de filósofo de vida, pero también como punto de encuentro de las historias anteriores. Fue desde él que aquella mujer constantemente mencionada terminó adquiriendo finalmente un nombre. La revelación produjo un efecto particular, porque confirmó que la madre ausente había estado presente durante toda la representación.

Ese recorrido por “los Morrison” también permitió apreciar el trabajo de Emineh de Lourdes desde la dirección. La puesta no intentó competir con el texto mediante una escenografía excesiva. Por el contrario, dejó espacios para que la palabra y los actores respiraran. El podio, la mesa, los pocos objetos y el cartel del Congreso de Asuntos de la Familia fueron suficientes para establecer el marco.

La música contribuyó a completar esa atmósfera de época. Las referencias a una memoria musical puertorriqueña, junto al vestuario, el lenguaje y el propio cartel de 1984, transportaron al público a otro momento sin convertir la representación en una reconstrucción museográfica. El pasado estuvo presente, pero no como algo muerto.

El desafío para Sara y Joaquín fue precisamente impedir que esos cambios de ritmo quebraran la función. Ahí estuvo, para mí, uno de los mayores logros de la noche: durante buena parte de la representación resultaba fácil olvidar que estábamos observando solamente a dos actores. “Dafne, “Baby” , “Bianca” , “Mandrake”, “Carlota” y “Papá Morrison” fueron ocupando sucesivamente el mismo escenario y terminaron creando la sensación de una familia mucho más numerosa que los cuerpos disponibles para representarla.

Luis Rafael Sánchez permanece detrás de todo ello. Su lenguaje es la materia prima, la arquitectura profunda que permite que la contradicción, la fantasía, el humor, el deseo, la apariencia y la memoria convivan. Pero el teatro ocurre solamente cuando alguien toma esas palabras y las convierte en acción. La noche del sábado en el Yagüez, esa responsabilidad perteneció a Sara y Joaquín Jarque, quienes más allá de representar a una familia excéntrica, transmitieron comportamientos demasiado reconocibles: las versiones que construimos de nosotros mismos, los secretos que convertimos en memoria oficial, la necesidad de aparentar, el deseo, la soledad y esa costumbre familiar de recordar un mismo acontecimiento de maneras completamente diferentes. Y esa quizás sea la mejor prueba de que “los Morrison”, en el 2026, todavía tienen mucho que contarnos.

Luego de su presentación en el Teatro Yagüez de Mayagüez, “Quíntuples” volverá a escena los días 23, 24 y 25 de octubre en el Centro de Bellas Artes de Santurce. Los boletos están disponibles en Ticketera y en la boletería del CBA.

Tags: Centro de Bellas Artes de SanturceJoaquín JarqueLuis Rafael SánchezQuíntuplesSara JarqueteatroTeatro Yagüez
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