Nuestro país vive una transformación demográfica sin precedentes que obliga a replantear cómo concebimos la fuerza laboral

Por: José R. Acarón
Director Estatal de AARP PR
Cuando hablamos del futuro económico de Puerto Rico, solemos enfocarnos en atraer inversión, desarrollar nuevas industrias o retener talento joven. Sin embargo, pocas veces hablamos de uno de los activos más valiosos que ya tenemos: el talento experimentado de las personas mayores de 50 años. En momentos en que las empresas enfrentan dificultades para reclutar personal y el país continúa perdiendo población,
ignorar el potencial de trabajadores con décadas de experiencia no es solo un error; es una desventaja competitiva.
Puerto Rico vive una transformación demográfica sin precedentes que obliga a replantear cómo concebimos la fuerza laboral. Durante demasiado tiempo hemos asociado la experiencia únicamente con la edad. Sin embargo, la experiencia es mucho más que años cumplidos. Es
conocimiento acumulado, capacidad para resolver problemas, liderazgo, estabilidad, mentoría y criterio. Son competencias que toman décadas
desarrollar y que ninguna organización debería perder prematuramente.
La evidencia es contundente. Los propios patronos reconocen el valor de los trabajadores experimentados y la dificultad de retenerlos, mientras
estos continúan demostrando altos niveles de productividad y compromiso. Aun así, persisten barreras como el discrimen por edad, la falta de
capacitación y los estereotipos sobre quién puede seguir aportando valor en una fuerza laboral multigeneracional.
La verdadera pregunta no es si Puerto Rico puede permitirse integrar más talento experimentado a su economía. La pregunta es si puede competir económicamente sin hacerlo. Los países que han comprendido esta realidad están transformando el envejecimiento poblacional en una ventaja competitiva.
Japón, por ejemplo, ha impulsado políticas que promueven la empleabilidad prolongada, el readiestramiento y la mentoría intergeneracional para
enfrentar la escasez de talento. La lección es clara: cuando el conocimiento permanece activo, la economía gana. No obstante, para lograrlo debemos adoptar una visión moderna del desarrollo de talento. El aprendizaje continuo ya no puede verse como algo reservado a los años universitarios.
La educación y el readiestramiento deben acompañar a las personas durante toda su vida laboral. En una economía que cambia constantemente, aprender, reaprender y adaptarse es una estrategia de competitividad nacional. Aquí la academia tiene un rol protagónico. Universidades, institutos técnicos y centros de educación continua deben convertirse en aliados estratégicos del desarrollo económico, creando programas flexibles y certificaciones alineadas a las necesidades de una fuerza laboral que envejece.
Puerto Rico no tiene que escoger entre juventud o experiencia. Necesita ambas. Las organizaciones más exitosas serán aquellas capaces de combinar innovación con experiencia, y tecnología con mentoría intergeneracional. La competitividad de Puerto Rico dependerá de nuestra capacidad para aprovechar todo el talento disponible, sin importar la edad.
En una economía con escaso relevo generacional, el talento experimentado no es una alternativa temporal ni una política social; es una estrategia de desarrollo económico. Las vistas públicas recientes de la Resolución de la Cámara 706 representan una oportunidad para que gobierno, empresas, academia y líderes laborales construyan una política pública alineada con nuestra realidad demográfica.
Puerto Rico no puede darse el lujo de desperdiciar experiencia, conocimiento y capacidad productiva, precisamente, cuando más los necesita para crecer y competir.
