
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
Campeón mundial aficionado a los 17 años y monarca profesional en tres divisiones, “Bazooka” convirtió su talento en orgullo colectivo. Su legado pertenece al boxeo y a la memoria cultural de Puerto Rico
Puerto Rico aprendió a pronunciar “Bazooka” con orgullo. Detrás del apodo estaba Wilfredo Gómez, el muchacho de Las Monjas que llevó su talento hasta la cima del boxeo mundial. Su nombre terminó perteneciendo también a quienes lo vieron combatir y a quienes conocieron sus hazañas mediante relatos familiares. Su fallecimiento nos devuelve una historia que merece contarse con gratitud, rigor y respeto.
Gómez murió el pasado sábado, 10 de octubre, a los 69 años, según confirmó su hijo. Despedimos a una gloria deportiva cuya importancia se comprende al mirar el camino recorrido: desde un barrio de San Juan hasta el campeonato mundial aficionado, tres coronas profesionales y el reconocimiento internacional. Allí están las razones para honrarlo y explicar por qué seguirá siendo un referente.
Las Monjas fue su punto de partida. Ese origen permaneció unido a su identidad aun cuando alcanzó fama internacional. Su ascenso dio visibilidad a una comunidad y permitió reconocer cuánto talento puede surgir de nuestros barrios. Antes del campeón hubo un joven en formación, con capacidades que necesitaban aprendizaje, preparación y oportunidades. Recordar esa etapa ayuda a comprender la dimensión humana de sus conquistas.
A los 15 años representó a Puerto Rico en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972. Dos años después ganó el oro de la división gallo en el primer Campeonato Mundial de Boxeo Aficionado, celebrado en La Habana. Tenía 17 años y ya era campeón del mundo. Esa conquista debe ocupar un lugar principal en su historia: su grandeza comenzó representando al país desde el deporte aficionado.
En 1974 inició su carrera profesional con un empate ante Jacinto Fuentes, en Panamá. El 21 de mayo de 1977 conquistó su primera corona profesional frente a Dong Kyun Yum, en el Coliseo Roberto Clemente. Se levantó de una caída y ganó por nocaut en el duodécimo asalto para convertirse en campeón supergallo del Consejo Mundial de Boxeo. Aquella noche también mostró su capacidad de recuperarse ante la adversidad.
Luego defendió exitosamente el título de las 122 libras en 17 ocasiones, todas por nocaut. Cada defensa exigía volver a prepararse y responder frente a otro aspirante. La continuidad de ese dominio convirtió su reinado en una referencia histórica. La cifra permanece como testimonio de una excelencia sostenida durante años, frente a rivales que llegaban dispuestos a destronarlo.
Su apodo hizo célebre la pegada, pero su boxeo merecía una mirada más amplia. Había manejo de la distancia, equilibrio, precisión y lectura del combate. Gómez encontraba ángulos y combinaba golpes con inteligencia. Para apreciar su técnica hay que observar cómo se colocaba antes de atacar, cómo provocaba una reacción y cómo aprovechaba el momento. Su potencia tenía detrás un oficio trabajado.
Las victorias sobre Carlos Zárate y Lupe Pintor integran esa obra, al igual que los reveses ante Salvador Sánchez y Azumah Nelson. Un homenaje honesto reconoce el recorrido completo y la categoría de sus adversarios. Gómez conquistó después el campeonato pluma ante Juan Laporte, en 1984, y el superpluma frente a Rocky Lockridge, en 1985. Alcanzó así títulos mundiales en tres divisiones.
Cerró su carrera con 44 victorias, tres derrotas y un empate, con 42 triunfos por nocaut. En 1995 fue exaltado al Salón de la Fama del Boxeo Internacional. Esos resultados sostienen su lugar entre los grandes. También ayudan a explicar por qué distintas generaciones de puertorriqueños hicieron suyo el nombre de aquel joven de Las Monjas.
Gómez fue un producto cultural de Puerto Rico. Su figura reunió un origen, una época, un oficio y una identificación colectiva. Las peleas pasaron a las conversaciones; los triunfos, a los recuerdos. Su nombre siguió circulando entre personas que lo vieron y otras que heredaron esas historias. En esa transmisión, el atleta se convirtió en parte de la memoria del país.
Honrarlo exige respetar también al ser humano. Sus últimos años de problemas de salud merecen delicadeza, como la merecen sus familiares. La gratitud hacia un campeón debe acompañarlo cuando envejece y necesita cuidados. Su fragilidad no borró su obra; recordó que detrás de la figura admirada había una vida digna del mismo respeto recibido durante las noches de gloria.
Ahora corresponde conservar ese legado con contenido: enseñar sus combates, explicar el oro de La Habana y contar su trayectoria desde el barrio hasta la cima. Gracias, Wilfredo, por la inteligencia y el valor de tu boxeo, por llevar Las Monjas contigo y por las conquistas compartidas con Puerto Rico. Fuiste una gloria. Seguirás siendo un referente.

