
Tatiana Pérez Rivera
Periodista y escritora
Si viste al pianista tocando en vivo junto a las escaleras eléctricas de la tienda González Padín en Plaza Las Américas, tienes más de 50 años. Bienvenido al club, ya tengo 55
Envejecer es despegarse; la piel se pliega, la pigmentación se ausenta de tus hebras, los recuerdos se van. Las hormonas desertoras te dejan a tu suerte junto a un cuerpo desconocido con el que negocias todo el tiempo para seguir haciendo lo de siempre y como siempre. En un soberano acto de humildad, haces las paces con la realidad de que alguna cosa, entre una extensa lista, ya no será igual que antes.
Aun así, vivo eternamente agradecida de mi cuerpo. Por primera vez trato mi cerebro con respeto, no doy por sentadas ni su rapidez para procesar, ni su eficiencia para compensar. Pienso, hablo y escribo porque él sigue ahí, controlando una maquinaria que cumplió 55 años.
Casi siempre los cambios son graduales, lo que mitiga el asombro ante la imagen que te devuelve el espejo. Soy otra, como debe ser. Soy otra porque he vivido. La vida me ha demostrado que en ninguna de sus etapas es infinita. Es tan fácil desperdiciar tus horas y minutos en este mundo que no seré yo quien me imponga límites. Si lo quiero, lo intento.
Y no he llegado ni al espíritu ni al carácter, vivir te moldea y te libera de tonterías. Qué deleite es poder ignorar lo que no te interesa, no malgastar energías y recursos en causas perdidas que ya no haces tuyas. Escojo mi deber de callar cuando no vale la pena ningún argumento y de hablar cuando amerita detener algo que va por el camino equivocado. Pocas cosas me presionan hoy, como también reconozco que la cuerda de la tolerancia se afina.
Dime que no es liberador saber que cumpliste con lo que querías en otras décadas, lo que tu cuerpo, anhelos y energías sustentaban en esos años. Pero, dado que aun respiras, creas y gestionas, nada acaba. Ahora los retos son distintos y las expectativas también, se suman tareas para las que te sientes igual de inexperta que en tu más temprana juventud, mientras que otros roles no te asustan, la veteranía sostiene.
Criamos menos, cuidamos más. Ojalá y nos tengamos un poco de compasión al manejarlos, que de algo sirvan las vivencias de cinco décadas. Para eso tienes que conocerte. Yo sé quién soy hoy.
Lograrlo pide un ejercicio que requiere tranquilidad, honestidad y cero latigazos. A estas alturas debemos haber comprendido que nadie tiene todas las certezas, solo sabemos que las buenas nuevas, las crisis, las secuelas que traen el dinero o su ausencia y los conflictos por dirimir, siempre aparecerán. A veces duele conocerse.
Quienes culminan el proceso saben que te obliga a visitar espacios herméticamente sellados en tu cabeza o a confrontar cosas que hiciste o dejaste de hacer. Lo mejor es que te permite perdonarte. Ya pasó. Ya está bueno. Déjalo ahí y san seacabó.
Dice la leyenda que cuando se fue de nuestra isla en el 1513, el explorador Juan Ponce de León buscaba la fuente de la juventud. Yo busco la fuente de la entereza de espíritu y la alegría, no imagino una mejor coraza para tu alma. Lo de la juventud y la salud es relativo, se trabaja con lo dispuesto por la genética.
Claro que no quiero tener el pelo banco, que no quiero manchas en la piel ni oleajes de calor. Quiero que el sol todavía sea mi amigo, comer empanadillas de pizza en todas las canchas y no reconocer que ya no necesito un día de más de 24 horas porque no tengo fuerzas para aguantar su intensidad. Pero, qué bien se siente vivir.
Tengo el privilegio de estar aquí y ahora, y aún si mi vida acabara mañana, a los 55 años, parto satisfecha con lo vivido, con el amor de los míos, con lo logrado y soñado. Como no está en mis planes marcharme, miro el futuro con una mezcla de incertidumbre, expectación y curiosidad. ¡Eureka! Ahí está. Derramen un chispito de curiosidad en la fuente de la entereza y la alegría porque pienso bebérmela gustosa. Prometo compartir el pin cuando la encuentre. Salud.
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