
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
El viejo Chuck, junto a su inseparable Pat, fueron mi pareja favorita de pasajeros y fui testigo de su “acuerdo secreto”
La misa memorial aún no comienza. En el altar sobresale la foto del viejo Chuck, quien junto a su inseparable Pat, fueron mi pareja favorita de pasajeros.
Le sobrevivió once meses a ella. Once meses exactos. Ella falleció hace un año, justo cuando todos nos preparábamos para recibir el 2025. Un par de días antes, la había llevado -con la mayor de las precauciones- de regreso a casa, tras una complicación de cálculos renales. Quise despedirme tomándole la mano, pero me contuve. Fue la última vez que le vi.
No quiero imaginar cómo la extrañaba. Tras la partida de ella, en uno de nuestros viajes a alguna cita médica, él me contó que se conocieron cuando trabajaban en la Westinghouse. Él como ejecutivo, ella como secretaria de otra división de la compañía. Su alta estatura, la de él, contrastaba con lo diminuta que era ella. Ambos eran divorciados y tenían hijos de un matrimonio anterior, que siempre viajaban para estar pendientes de ellos.
Se conocieron una noche, después de una recepción, cuando él la acompañó de camino al carro de ella. Ante la falta de visibilidad en un área del estacionamiento, le tomó la mano para ayudarla a no desbalancearse y “nunca más quise soltarla”. Hasta recién, mientras les permitiera su salud, nunca veías a uno sin el otro a su lado. Así se demostraban su amor. Para mí era un gusto servirles. Hubiese querido tenerlos de abuelos.
En los últimos meses, me dolía ver el deterioro de ella, su mirada desorientada, de inseguridad y temor. Por momentos, no me reconocía. Atrás habían quedado las despedidas en las que extendía su mano para buscar la mía, en tiempos en que, de viaje, cantábamos a coro éxitos de teatro musical. A sus ochenta y tantos, tenía el entusiasmo de las más jóvenes: era alegre, vivaracha y, sobre todo, delicada y dulce.
Por eso, siempre recordaré la risotada que me causó su imprevista reacción cuando un conductor no se detuvo ante un “Pare” y en un viraje brusco invadió mi carril. Ella se asustó y sin encomendarse a nadie levantó su brazo derecho que sostuvo con la izquierda a la altura del codo, y mostrándole el puño con el dedo medio en alto, le gritó (y lo traduzco, que suena mejor:) “¡¡¡ÉSTEEE, PA’ TIII!!!!”
Poco antes de fallecer ella, al regreso de una cita médica, pasamos cerca de un cementerio. El viejo Chuck le comentó a su amada Pat: “Por ahí era nuestro antiguo vecindario… y ése es el cementerio, la morada final, donde estaremos uno al lado del otro, siempre”.
Al escucharlo, su hijo, que nos acompañaba, reaccionó diciéndoles: “Voy a poner sus cenizas en el mismo cofre y las voy a batir, así, para que estén mezcladitos para siempre…” Que no es mala idea, pensé. Y así nos repartimos mejor y sin peleas entre hermanos…
Ya no los tendré más, pero fue una alegría tenerles. Pienso en todo eso mientras veo la foto de Chuck, al lado del cofre con sus cenizas. No me atreví preguntar si los hijos cumplieron con la idea. Comoquiera, en mi memoria, les veo inseparables. Agradezco ser testigo del “acuerdo secreto”. Y sonrío.
El autor es un periodista retirado, ahora cronista de transporte (confidente y compañía de juerga) de personas mayores. Puedes seguirlo en FB, Tik Tok e Instagram: Carlos Ruben Rosario

