
¡AHORA ES QUE ES!
Mildred Tirado Vázquez
PERIODISTA
Desde que escuché por primera vez el tema “A la niña que fui”, de Kany García, hay una parte que no me suelta…
Admito que soy mala para memorizar canciones, pero hay algunas que se me quedan viviendo en la cabeza, como si encontraran un rincón propio.
Desde que escuché por primera vez “A la niña que fui”, de Kany García, hay una parte que no me suelta: “Entonces se disfraza con el traje de fuerte que solo se quita al llegar a la casa. Sin que nadie la vea, llorando su pena ella baila descalza. Ella se ríe sola, no tiene ni idea todo lo que falta. Ay, ella se levanta…”.
Y es que todas, de alguna manera, bailamos descalzas.
Hace poco estuve en un market en Toa Alta. Un espacio lleno, en su mayoría, de mujeres. Algunas estaban solas; otras acompañadas por sus parejas, sus hijos o su familia. Pero lo que más me llamó la atención no fueron los productos… fueron las historias detrás de cada mesa.
Fui conociéndolas poco a poco. La que hace joyería en resina desde hace menos de un año, todavía descubriendo si su pasión puede sostenerla. La de las flores naturales que se planta en la marginal de Rexville en Bayamón, desafiando el sol, la incertidumbre y los días flojos. La que vende limonadas junto a su esposo y sus hijos adolescentes, y no tuvo reparos en pararse en la avenida con un cartel cuando la cosa se puso floja. La universitaria que encontró en la ropa de segunda mano una forma de sostener sus estudios sin renunciar a sus sueños.
Ninguna llevaba capa. Pero todas —todas— estaban bailando descalzas.
Porque bailar descalza es eso: mostrarse sin armaduras, con los miedos al descubierto. Es atreverse aunque no haya certezas, aunque el ritmo a veces se pierda. Es seguir, incluso cuando el cansancio pide pausa.
Vivimos en un mundo que aplaude la fortaleza, pero pocas veces habla de lo que cuesta sostenerla. De ese “traje de fuerte” que menciona Kany, ese que muchas nos ponemos para salir a resolver, a producir, a sostener, a cuidar… y que solo nos quitamos cuando nadie nos está mirando.
Allí, entre mesas, carpas y productos entendí algo: la valentía no siempre hace ruido. A veces se ve como una mujer acomodando sus velas con ilusión. Como otra haciendo cuentas al final del día. Como alguien sonriendo mientras por dentro está haciendo malabares con la vida.
Hay algo poderoso en esas mujeres que están construyendo vidas a su medida. Que se caen, pero también se levantan. Que dudan, pero no se detienen. Que quizás no tienen todo resuelto, pero tienen algo aún más importante: la determinación de seguir.
Y de eso se trata todo esto. De permitirnos bailar descalzas. Sin perfección. Sin tenerlo todo resuelto. Sin esperar el momento ideal. Porque quizás no tengamos el camino completo, pero tenemos los pies firmes, el corazón lleno y las ganas intactas de seguir bailando.

