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Home PUNTO DE VISTA

¿Será cierto que hace 10 años estábamos mejor?

Redacción Silver Por Redacción Silver
enero 31, 2026
in PUNTO DE VISTA
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¿Será cierto que hace 10 años estábamos mejor?
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Un reto en las redes sociales invita a compartir una foto del 2016, fecha que algunos consideran fue “el último año bueno”

Por Tatiana Romero Arias
The Conversation

En redes sociales se multiplican estos días las imágenes comparativas. Una foto de 2016 aparece junto a otra de 2026. Diversos textos las acompañan: “Así éramos entonces”, “cuando todo era más sencillo”, “antes de que el mundo se torciera”. Contemplamos rostros más jóvenes, sonrisas despreocupadas. Una vida que, vista desde hoy, parece más ligera.

No es solo una moda visual. Detrás de estas comparaciones late una idea cada vez más extendida: que 2016 fue el “último año bueno”. Un tiempo previo a la pandemia, a las crisis encadenadas y a la sensación de incertidumbre permanente que define el presente. Pero ¿es correcta esta percepción?

Llega un momento en la vida en que el pasado empieza a parecer más amable. No importa si hablamos de la infancia, de la juventud o de cuando trabajábamos. Algo cambia y, de pronto, los recuerdos se llenan de veranos interminables, conversaciones sin prisas y problemas que hoy parecen pequeños. Entonces surge la frase: “Antes se vivía mejor”.

Pero ¿realmente vivíamos mejor entonces? ¿O estamos mirando ese pasado a través del filtro de la nostalgia? ¿Y si lo que ha cambiado no es tanto lo que vivimos, sino la forma en que lo recordamos?

Para entender por qué tendemos a idealizar determinados momentos de nuestra vida y por qué lo hacemos con tanta fuerza cuando el presente se vuelve incierto, conviene fijarse menos en lo que ocurrió en 2016 y en cómo funciona nuestra memoria.

Recordar no es volver atrás

Solemos pensar que la memoria funciona como una especie de archivo: guardamos experiencias y, cuando queremos, las sacamos intactas. Sin embargo, la memoria no reproduce el pasado: lo reconstruye. Cada recuerdo es una versión actualizada de lo que vivimos, filtrada por lo que somos hoy.

Cada vez que recordamos, el recuerdo se activa, se reordena y se guarda de nuevo. Por eso el pasado no permanece fijo. Cambia con nosotros. Recordar es, en cierto modo, reinterpretar.

Esto explica algunas experiencias que todos hemos vivido alguna vez. Por ejemplo, cómo un mismo episodio puede parecernos distinto con los años. O cómo dos personas recuerdan de forma muy diferente una historia compartida.

Nuestra memoria no es neutral. No almacena cada detalle ni trata todos los recuerdos por igual. Algunos permanecen accesibles durante décadas; otros se van difuminando sin que sepamos muy bien cuándo.

Las emociones tienen mucho que ver con esto. Los recuerdos cargados de emoción se consolidan mejor que los neutros, pero con el tiempo ocurre algo curioso: muchas experiencias negativas pierden fuerza, mientras que las positivas se mantienen más vivas. No porque las primeras desaparezcan, sino porque se vuelven menos accesibles.

Olvidar, en este sentido, no es un fallo: es una forma de protección.

Cuando el pasado se vuelve más bonito

Esto da lugar a lo que la psicología llama “sesgo de positividad”: la tendencia a recordar nuestra vida como mejor de lo que fue en realidad. No es que inventemos recuerdos felices, sino que los negativos ocupan cada vez menos espacio cuando miramos atrás.

Este sesgo se intensifica con la edad y se vuelve especialmente visible a partir de los 60 años. En ese momento el recuerdo del pasado empieza a cumplir otra función. Ya no sirve tanto para aprender o planificar, sino para dar sentido, reafirmar quiénes somos y sentirnos bien con la vida vivida.

La jubilación suele marcar un antes y un después. No solo porque cambie la rutina, sino porque cambia la manera en que percibimos el tiempo. El futuro deja de ser un espacio infinito y se vuelve más concreto. Y cuando eso ocurre, nuestras prioridades psicológicas se reorganizan.

En esta etapa muchas personas se vuelven más hábiles regulando sus emociones. Aprenden, a veces sin darse cuenta, a no recrearse tanto en lo negativo y a rescatar con más facilidad los recuerdos que aportan calma, orgullo y afecto. La memoria autobiográfica se convierte en una aliada para mantener el equilibrio emocional en un momento de grandes cambios.

Por eso, al mirar atrás, la vida parece más amable. No porque lo fuera más, sino porque ahora necesitamos que lo sea.

Nostalgia: no es debilidad, es adaptación

La nostalgia suele verse como una forma de vivir anclados en el pasado. Sin embargo, desde la psicología sabemos que cumple una función importante. Recordar “los buenos tiempos” refuerza nuestra identidad, nos recuerda de dónde venimos y nos ayuda a afrontar el presente con más serenidad.

La nostalgia no nos aleja de la realidad, sino que nos permite habitarla con más sentido. Solo se vuelve problemática cuando impide vivir el presente. En la mayoría de los casos, recordar con cariño es una forma sana de seguir adelante.

Probablemente no, pero nuestra memoria no está diseñada para ser justa con el pasado, sino útil para el presente. Al seleccionar, suavizar y reconstruir lo vivido, la memoria nos ayuda a mantener una historia personal coherente y emocionalmente sostenible.

Quizá, cuando decimos que antes todo era mejor, no estamos hablando del pasado. Estamos hablando de una memoria que hace lo que siempre ha hecho: cuidarnos.

La autora forma parte de la Facultad de Ciencias de la Salud.del Dpto. de Psicología, Universidad Europea.

Tags: MemoriasPsicologiaRedes Sociales
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