
¡AHORA ES QUE ES!
Mildred Tirado Vázquez
PERIODISTA
Si tú que me lees estás en ese momento de coraje, de miedo o de “¿y ahora qué?”, te lo digo claro: no estás fuera, estás en transición
Hay situaciones que impulsan un después en la vida. Que nos hacen reflexionar y sirven de gasolina para arrancar. Al principio es como chocar contra una pared, pero después descubres que había un hueco por donde cabías.
No lo niego, me dio mucho coraje cuando el retiro llegó sin pedir permiso. Ese día muchas preguntas pasaron por mi cabeza: ¿Por qué yo? ¿Es que ya estoy “out”? ¿Qué voy a hacer?
Entonces, tuve que desconectar a la fuerza para reconectar; sanar el chichón que me dejó el que me quitaran de sopetón la alfombra que pisé por más de tres décadas. Resolver las cuentas por pagar, económicas y del cuerpo. Sí, porque la salud nos pasa factura cuando ponemos primero en la lista de pendientes los de los demás y no los nuestros.
A los dos días del retiro, me gané una estadía de una semana en el hospital. ¡Lo mejor que me pudo pasar! Me dio espacio para sanar el cuerpo y la mente. Tiempo para pagar esas cuentas pendientes y pensar en las oportunidades que llegarían.
Con los años he aprendido que hay que quitar del camino lo que atrasa y poner lo que impulsa. Cortar sogas que estancan y enlazar las que echan pa’ lante. Y no temer sacar a quien te resta porque, confía, llega quien te sume.
Los de nuestra generación, la X, somos independientes y autosuficientes. Crecimos con ambos padres trabajando, aprendimos a resolver solos y a no depender demasiado del sistema. Vivimos una infancia sin internet y la adultez con tecnología. Sabemos escribir cartas… y manejar redes sociales.
Enfrentamos crisis económicas, cambios sociales fuertes y nos hemos reinventado profesionalmente más de una vez. Sabemos lo que es el trabajo duro y el compromiso, pero sin idealizar el sacrificio extremo.
En mi caso, nacida en 1969, soy parte de esa Generación X madura que hoy vive una etapa de reinvención, liderazgo y mentoría. Esa generación que no se rinde y que, a los 50+, dice: “Todavía hay mucho por hacer”.
Recuerdo una conversación con colegas periodistas en la que tocamos el tema de si algún día el trabajo terminaba, ¿qué haríamos?
—Yo no sé qué hacer, porque toda la vida me he dedicado al periodismo- dijo alguien.
Pensé: tengo pa’ dónde correr haciendo cosas que me gustan. Tengo plan B, C y por ahí sigue el abecedario. Y si no existe, lo invento.
Y me llegó la hora de poner a correr el plan B.
Una conversación con mi hermana mayor lo cambió todo:
—¿Por qué no nos asociamos en un negocio?
Ella, artesana, florista, decoradora de eventos… ¡una dura! Yo, estratega por naturaleza, con ganas de crear algo distinto. ¡Y lo estamos haciendo!
En este proceso he aprendido que no hay idea pequeña; la clave es que te distinga. Oriéntate, infórmate, monta bien el muñequito con todas las de la ley, así sea vendiendo fresas con crema en una esquina o pasteles y alcapurrias desde tu casa. No subestimes nada que nazca de tu talento.
—¿Ustedes hacen…? —nos preguntan.
—¡Pues claro! —respondemos sin titubeos.
Porque atreverse es de valientes. El miedo se guarda en la gaveta. Si no lo sé, lo aprendo. Busco información. Voy a talleres (buenísimos y muchos gratis, de los que les contaré en una próxima columna). Caigo. Me levanto.
Y sí, hay días en que cuando crees que estás saliendo del hoyo, algo te hala el pie pa’ abajo. Y le gritas al Universo: “¡Suéltame ya, bendito!”. La diferencia no es que no duela; la diferencia es que ahora sé que no me quedo ahí.
Porque entendí algo: el retiro no fue un final. Fue una sacudida. La enfermedad no fue un castigo. Fue una pausa obligada. La incertidumbre no fue un abismo. Fue un trampolín.
Y si tú que me lees estás en ese momento de coraje, de miedo o de “¿y ahora qué?”, te lo digo claro: no estás fuera, estás en transición.
A nuestra edad no estamos terminando. Estamos afinando.

