La cantante española se apoderó del Coliseo de Puerto Rico con su artística fusión de ritmos y movimientos
Por Leonor Mulero
Para Soy Silver
Fui a ver a Rosalía sin mantilla y sin encajes. No vestí de blanco ni de negro. Al Choliseo me convocó el fundamento flamenco de esta cantante catalana que, aún siendo urbana y experimental, de alguna manera la percibo en la línea de intérpretes más tradicionales que han cruzado el Atlántico con su arte excepcional.
Salvando las distancias de estilos y épocas, Rosalía me evoca a las Lolas, a las Rocío, a Isabel Pantoja. Y a otras españolas que, sin ser única o necesariamente exponentes del flamenco tradicional, han sido muy apreciadas en Puerto Rico por sus voces y éxitos, como Marisol, Paloma San Basilio, Natalia Jiménez y Melody.
Rosalía es muchas cosas. Es flamenco experimental y rumba catalana. Es ballet clásico, también saoco. Es además reguetón con el que se brinca “bien cabrón”. Su fusión de ritmos, movimientos y temas que reparten empatía hacia la diversidad ha creado un vínculo de complicidad con la audiencia. Su público lo demuestra, en parte, con la vestimenta. La mantilla apela a la comunión con la espiritualidad.
Los looks blancos y negros, muchos esmerados y llamativos, empezaron a llegar antes de que abriera el Coliseo de Puerto Rico José Miguel Agrelot. Tenían cita con el Lux Tour que tendría lugar cuatro años después del primer concierto que la joven española presentó en ese mismo recinto, “el Choli”, como la artista lo llama con cariño.
Quedé fascinada con las mantillas, casi todas blancas o negras. Las lucían, tanto mujeres como hombres, principalmente jóvenes, la demografía mayoritaria de la audiencia de este concierto, aunque había personas de otras edades, unas cuantas con andador.
Algunos hombres mostraban el pecho y la espalda a través de delicadas blusas blancas de encaje transparente; otros llevaban finas mantillas negras hasta la espalda baja. Abundaban las chicas con faldas de encaje negro transparente sobre pantalón corto. Otras con estilos más modestos llevaban en el pelo peinetas, broches, diademas o bandas blancas o negras, en algunos casos con perlas. Vi pulseras en ese estilo. Llamaban la atención las melenas sueltas de color castaño, como la de Rosalía. Presa de admiración, o de envidia, pensé que el chal negro que tengo apretujado en una gaveta habría sido mi facsímil razonable.

Aparte del vínculo con lo espiritual, las mantillas y los encajes fueron una especie de homenaje a la joven diva. Y no hay que descartar algo de exhibicionismo fashionista. Pero a mí los atuendos del público se me presentan principalmente como expresiones de empatía con el mensaje de libertad, osadía y apoderamiento de la música de Rosalía.
Hubo gente que viajó para verla. Un joven residente de la Ciudad de Nueva York me contó que llegó el mismo día del concierto en su primera visita a la isla y tenía planes de ir al Viejo San Juan, El Yunque y Vieques. “Ya tengo todo, hasta un carro”, comentó contento.
Al lado mío se sentó una muchacha de la República Dominicana que también vino sola para no perderse a la española. Compró su boleto en reventa, igual que una chilena que estaba en nuestra fila. Durante el show, Rosalía conversó desde el escenario con una joven que llegó en grupo desde Costa Rica. Un buen número levantó la mano cuando la cantante preguntó quiénes habían viajado para verla, aunque la mayor parte del público se identificó como local.
El Lux Tour estuvo repleto de referencias históricas, muchas de ellas sobre arte, religiosidad y paganismo. La espera de hora y media dejó de importar tan pronto las cortinas se abrieron para mostrar el escenario con estructuras, velos y luces que evocaban espiritualidad. Una cruz dominante se extendía hasta la orquesta que viajó con Rosalía. La artista salió de una caja ubicada en el centro del escenario en traje de bailarina clásica. Cantó Sexo, violencia y llantas, Reliquia, Porcelana y Divinize. Su destreza con el ballet fue evidente.
Rosalía conversó varias veces con la audiencia, mostrando emoción por su regreso a Puerto Rico y al Coliseo.
“Es verdad que volver aquí me remueve, pero para bien. Porque pasan los años y han cambiado las circunstancias, cambian los proyectos, cambiamos nosotros, pero la esencia se mantiene y mi amor por esta Isla sigue siendo el mismo”, declaró.
El público demostró su entusiasmo con las interpretaciones. Mio Cristo Piange Diamanti estuvo sublime en voz de Rosalía, quien estaba cubierta con un manto blanco, una referencia a la Virgen del Catolicismo.
Ha sido inevitable vincular El aquelarre, del pintor Francisco de Goya, con el contenido operístico, tormentoso y religioso de la canción Berghain. Rosalía vistió un atuendo oscuro con cuernos negros como los del cabro de Goya. Es una de las canciones que mejor reflejan el carácter experimental y provocador del disco Lux en el que conviven trece idiomas.
Otros números incluyeron Saoko, La fama y la Combi Versace, de su gira anterior, Motomami. El perreo tuvo momentos cumbres con Rosalía acompañada por un excelente equipo de bailarines.
La estrella española se ocupó de destacar su conexión con Puerto Rico. Una muy simpática fue invitar a la cantante urbana Young Miko al confesionario, acto que la española ha realizado en las localidades a las que ha llevado el Lux Tour. La puertorriqueña le confesó que la primera chica que le gustó en la universidad, la dejó plantada en la cita en la que ella la esperó con rosas. Al concluir su confesión, la boricua comentó que ahora ella está en el Coliseo y la chica que la dejó plantada se la pasa subiendo a las redes contenido sobre ella.
El brindis de Rosalía con coquito dio otro toque de sabor boricua al espectáculo. También el destaque a la aportación de la compositora puertorriqueña Angélica Negrón al repertorio de la cantante.
Rosalía recalcó que Puerto Rico es cuna del reguetón y de otras expresiones musicales como la del gran Héctor Lavoe. “En esta isla hay mucho arte”, declaró. No pasó por alto el gran apoyo de la audiencia puertorriqueña a su música. El jueves en la noche no cabía un alma más en el Choliseo.
Rosalía, una española talentosa que cruza el Atlántico con su novedoso cante cautivador.
