
¡AHORA ES QUE ES!
Mildred Tirado Vázquez
PERIODISTA
La experiencia me ha enseñado que compartir no reduce nuestras posibilidades de éxito; más bien las multiplica
En mis inicios en el periodismo, siguiendo el consejo de una de mis mentoras, cada número telefónico que se cruzaba en mi camino terminaba anotado en una libreta. Poco a poco fui llenándola de contactos que atesoraba. Si alguien me pedía el número de una fuente o de una persona clave, lo pensaba dos veces antes de compartirlo. Conseguir un buen contacto representaba una ventaja competitiva y la mentalidad era sencilla: mientras menos supieran los demás, mejor para mí.
Con el tiempo, entendí que esa forma de pensar nace, muchas veces, del miedo a que otro consiga una oportunidad antes que uno o a perder terreno. Pero la experiencia me ha enseñado lo contrario.
Hace unas semanas completé un curso de diseño, impartido por una mujer trabajadora que, sin reservas, compartía técnicas, listas de suplidores y consejos para quienes desean emprender, incluso si terminan ofreciendo los mismos servicios que ella. Lejos de ver a otros como competencia, los veía como parte de una comunidad. Y no pude evitar pensar en aquella libreta.
¿Por qué nos cuesta tanto compartir un contacto, recomendar un proveedor o abrirle una puerta a otra persona? ¿Qué creemos que vamos a perder?
Lo cierto es que hay espacio para todos. Un mismo proveedor puede atender a decenas de negocios, un cliente puede necesitar servicios distintos y las personas pueden respaldar múltiples emprendimientos. Lo que realmente marca la diferencia nunca ha sido la libreta de contactos, sino la calidad del trabajo.
Puedes compartir todos los números de teléfono que tengas, todas las recomendaciones posibles y todas las oportunidades que conozcas. Al final, las personas regresarán con quien ofrece un buen servicio, cumple su palabra y hace las cosas bien. Los contactos pueden abrir una puerta, pero es el trabajo el que te mantiene dentro.
También he comprobado que la generosidad suele encontrar el camino de regreso. A veces alguien te recomienda para un proyecto; otras veces piensa en ti cuando surge una oportunidad o simplemente recuerda que estuviste dispuesto a ayudar cuando no tenías ninguna obligación de hacerlo.
Compartir no reduce nuestras posibilidades de éxito; más bien las multiplica. Cuando una persona crece gracias a una recomendación nuestra, no nos está quitando un espacio, sino que está ampliando una red de personas que cree en la colaboración por encima de la competencia.
Precisamente, una de las lecciones más valiosas que me ha dado la experiencia es que el verdadero crecimiento no ocurre cuando levantamos muros para proteger lo que tenemos, sino cuando construimos puentes para que otros también puedan avanzar.
Hoy ya no veo aquella libreta de contactos como un cofre que debía mantener cerrado. La veo como un recordatorio de cuánto cambia la perspectiva con los años. Porque, al final, la mejor recomendación no es un número de teléfono; es la reputación que construyes con tu trabajo, tu responsabilidad y la forma en que tratas a los demás. Y esa nunca se agota por compartirla.

