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Home PUNTO DE VISTA

Cuando el silbato llega tarde…

Redacción Silver Por Redacción Silver
agosto 17, 2026
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Cuando el silbato llega tarde…
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POR EL CENTRO

POR EL CENTRO

Héctor Maldonado

PERIODISTA DEPORTIVO

…ahí comienzan las preguntas sobre criterio arbitral, autoridad, respeto al espectáculo, consistencia y, sobre todo, confianza

Hay decisiones en el deporte que pueden revisarse al día siguiente. Se puede estudiar un video, leer un informe, llamar a las partes, aplicar un reglamento, imponer una multa y hasta suspender a un jugador. Lo que no puede hacerse es regresar el reloj. Los segundos consumidos no vuelven, una posesión que no se concedió no aparece mediante una resolución administrativa y los tiros libres que no se lanzaron durante el partido tampoco pueden cobrarse 24 horas después. Ese es, precisamente, el punto que convierte lo ocurrido con Damian Jones en Aguada en un asunto mucho más serio que el comportamiento de un jugador frustrado.

El miércoles 12 de agosto, durante el segundo partido de la Serie Final entre los Vaqueros de Bayamón y los Santeros de Aguada, Jones recibió su quinta falta personal cuando restaban 49 segundos del cuarto periodo. Después vino la escena que recorrió las redes sociales y que el propio BSN describió posteriormente: el jugador se rasgó la camiseta, la lanzó hacia el público y golpeó violentamente una puerta mientras se dirigía hacia el camerino. Al día siguiente, la liga determinó que aquella conducta conllevaba la expulsión del partido y le impuso una multa de $1,000 y una suspensión de un juego. Los Vaqueros también tomaron una medida disciplinaria interna y Jones reconoció públicamente que su reacción había sido inapropiada.

Hasta ahí pudiera parecer que el asunto quedó atendido. Hubo conducta impropia, el jugador se disculpó, su equipo actuó y posteriormente la liga lo sancionó. Pero esa lectura sería demasiado sencilla para un incidente ocurrido en los últimos segundos de un partido de campeonato. La pregunta que queda flotando no es solamente qué hizo Jones ni cuánto debía pagar por hacerlo. La pregunta verdaderamente incómoda es por qué una conducta que el propio BSN determinó al día siguiente que conllevaba expulsión no produjo una sanción arbitral en el momento en que ocurrió.

Ahí es donde entra el criterio de los oficiales. No se trata de convertir a los árbitros en villanos ni de presumir que existió intención de beneficiar a una parte. Los árbitros son humanos, toman decisiones en fracciones de segundo y pueden equivocarse como se equivoca un jugador cuando falla un tiro libre, un dirigente cuando diseña una mala jugada o un periodista cuando interpreta incorrectamente un hecho. Sin embargo, precisamente porque poseen la autoridad del partido, también tienen una responsabilidad que va más allá de decidir si hubo falta personal, quién tocó último el balón o si un pie estaba dentro o fuera de la línea. Ellos son quienes tienen que mantener el control, preservar el orden y hacer respetar los límites del espectáculo.

Jones ya tenía cinco faltas y no podía continuar jugando, pero eso no significaba que cualquier conducta posterior quedara fuera de la jurisdicción arbitral. Las reglas contemplan sanciones adicionales para un jugador excluido que incurra en una conducta descalificante. Y ahí aparece el detalle que le da otra dimensión al caso: una sanción de esa naturaleza podía haber tenido consecuencias competitivas inmediatas para Aguada mediante tiros libres y posesión del balón.

Nadie puede escribir seriamente que Aguada habría ganado aquel partido si se hubiese producido esa llamada. Eso sería inventar un resultado que nunca ocurrió. Aguada podía convertir ambos tiros libres, uno o ninguno; podía anotar en la posesión siguiente o perder el balón; Bayamón todavía podía responder. El deporte está lleno de posibilidades que nunca llegan a materializarse. Lo que sí puede afirmarse es que Aguada pudo haber tenido una oportunidad reglamentaria adicional cuando todavía quedaban 49 segundos de un partido que terminó 87-86 a favor de Bayamón. Y cuando un juego de campeonato termina por un punto, esa diferencia no puede tratarse como un detalle menor.

Por eso la suspensión del día siguiente no resuelve completamente el problema. Castiga al jugador, sí. La multa también lo castiga. La sanción interna de Bayamón establece, además, que la propia franquicia entendió que aquella conducta no representaba sus valores. Pero ninguna de esas decisiones puede modificar lo que ocurrió mientras el reloj estaba corriendo. Ese es el gran asunto de esta historia: una cosa es imponer disciplina después y otra muy distinta ejercer autoridad cuando todavía el partido está vivo.

También está el respeto por el espectáculo. El BSN ha crecido enormemente. Hay coliseos llenos, municipios que hacen inversiones importantes, patrocinadores, transmisiones, jugadores de primer nivel, fanaticadas apasionadas y un producto que cada temporada ocupa más espacio en la conversación deportiva del país. Ese crecimiento también obliga a elevar el nivel de exigencia. No puede crecer solamente la nómina de los equipos, la asistencia o la exposición mediática; tienen que crecer también las estructuras que sostienen la competencia, y ahí el arbitraje ocupa un lugar fundamental.

Hay otro elemento que no podemos ignorar: la fanaticada. En las gradas hay adultos, pero también hay niños y jóvenes que observan a estos atletas como referentes. La pasión forma parte del deporte y nadie pretende convertir una Serie Final en una reunión silenciosa. Queremos intensidad, rivalidad, emoción y jugadores que sientan la camiseta. Pero existe una diferencia entre competir con pasión y perder el control. Cuando un jugador rompe su uniforme, lanza una prenda hacia las gradas y descarga su frustración contra una instalación, la autoridad del partido tiene que decidir dónde está el límite. Si el límite solamente aparece en un comunicado al día siguiente, entonces cabe preguntarse qué mensaje recibió la fanaticada mientras aquello estaba ocurriendo.

Contraste en el ejercicio de la autoridad

Curiosamente, apenas unos días después el deporte puertorriqueño tuvo otro episodio de tensión, esta vez en la Serie Final del Béisbol Superior Doble A entre Comerío y Yabucoa. Kevin Bermúdez conectó un cuadrangular de tres carreras, su celebración provocó el malestar de jugadores de Yabucoa, se vaciaron ambos bancos y los árbitros intervinieron con expulsiones. Naturalmente, béisbol y baloncesto tienen reglas distintas y sería irresponsable pretender que ambos incidentes son reglamentariamente iguales. Lo que sí puede compararse es el ejercicio de la autoridad. En un caso, ante una situación que amenazó el orden del espectáculo, los oficiales actuaron allí mismo. En el otro, la determinación de que una conducta ameritaba expulsión llegó posteriormente desde la liga.

Ese contraste nos lleva a la pregunta que hizo públicamente el alcalde de Aguada, Christian Cortés: ¿están los árbitros del BSN al nivel al que ha llegado la liga? Es una pregunta fuerte, pero legítima. Y quizás la palabra más importante en todo este asunto sea otra que él mismo utilizó: consistencia. La fanaticada necesita saber qué constituye una conducta sancionable, cómo se aplica el reglamento y si el criterio utilizado un día será el mismo que se utilizará la próxima semana, independientemente del jugador, del equipo, del coliseo o de la etapa del torneo.

Y entonces llegamos al asunto más delicado de todos, uno que debe discutirse con responsabilidad y sin insinuaciones para las cuales no exista evidencia. Christian Dalmau es el dirigente de los Vaqueros de Bayamón y su hermano Ricardo Dalmau es el presidente del Baloncesto Superior Nacional. Eso es un hecho público y conocido. Lo que no existe, al menos con la información que tenemos, es evidencia de que Ricardo Dalmau haya intervenido en las decisiones arbitrales de ese partido, haya influido para favorecer a Bayamón o haya participado personalmente en la determinación disciplinaria sobre Jones. Sería irresponsable afirmarlo.

Pero precisamente porque existe esa relación familiar, la transparencia institucional adquiere todavía mayor importancia. Las buenas organizaciones no esperan a que exista un conflicto para establecer mecanismos que protejan su credibilidad. También deben protegerse de la percepción de conflicto. Por eso es válido preguntar cuáles son los procesos del BSN cuando una decisión competitiva o disciplinaria involucra indirectamente al equipo dirigido por el hermano del presidente de la liga. ¿Quién selecciona a los árbitros para una Serie Final? ¿Quién los evalúa? ¿Quién revisa sus actuaciones? ¿Qué autonomía tiene el director de torneo? ¿Existe algún mecanismo de inhibición para asuntos que puedan generar dudas públicas? Si esos mecanismos existen, explicarlos fortalece al BSN y protege incluso a las personas que podrían ser objeto de sospechas injustas.

No se trata de insinuar que Bayamón recibió un favor. Tampoco de convertir una relación familiar en evidencia de algo que no podemos probar. Se trata de entender que mientras más grande se hace una institución, mayor tiene que ser su obligación de explicar cómo funciona. La transparencia no condena a nadie; por el contrario, protege al presidente de la liga, al dirigente de Bayamón, a los Vaqueros, a Aguada, a los árbitros y al propio torneo.

Por eso el caso Damian Jones no debe terminar con la noticia de que pagó $1,000 y cumplió un partido de suspensión. La pregunta debe ser qué aprendió el BSN de lo ocurrido. ¿Qué observaron los árbitros? ¿Qué informaron? ¿Por qué no hubo una determinación en el momento? ¿Cómo se evaluó posteriormente su actuación? ¿Existe alguna diferencia entre la interpretación que hicieron los oficiales en cancha y la que hizo la liga al revisar el incidente? Y, sobre todo, ¿qué ocurrirá la próxima vez que una situación semejante se produzca cuando todavía queden segundos por jugar?

El BSN vive uno de los momentos de mayor exposición y crecimiento de su historia reciente, y eso es bueno para nuestro baloncesto. Precisamente por eso, hay que cuidarlo. Cuidarlo no significa callar cuando aparecen preguntas incómodas. Todo lo contrario. Las instituciones deportivas se fortalecen cuando pueden mirarse al espejo, reconocer lo que necesitan mejorar y explicar sus procesos sin temor.

Damian Jones recibió su castigo. Bayamón tomó su decisión interna. La liga hizo lo suyo al día siguiente. El expediente disciplinario eventualmente quedará cerrado. Pero quedan abiertos el criterio arbitral, la consistencia, el respeto al espectáculo y la confianza de una fanaticada que tiene derecho a preguntar qué pasó durante aquellos últimos 49 segundos.

Porque los mil dólares se pueden pagar. El partido de suspensión se puede cumplir. Las disculpas se pueden ofrecer y una resolución puede escribirse al día siguiente. Lo único que nadie puede devolver son los segundos que desaparecieron del reloj. Y en el deporte, como en tantas cosas de la vida, hay decisiones que cuando llegan tarde, por correctas que sean después, ya no pueden corregir lo que dejaron atrás.

Tags: BaloncestoBSNDeportesHéctor MaldonadoPor el centroSanteros de AguadaVaqueros de Bayamón
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