
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
El viejito marroquí no era de hablar mucho y si algo decía, siempre en tono bajo, yo no le entendía
Había comprado un banquillo ornamental, como los que se ven en los parques. Lo puse a un lado de la entrada de la marquesina, bajo el árbol que marcaba la división con la casa vecina. La idea era usarlo de descanso en los sábados de trabajos de patio o sentarme a darle comida a los patos que nos llegaban de una laguna cercana. Nada más lejos de la realidad: nunca lo usé.
En aquel vecindario de casas vacacionales teníamos la fortuna de contar con vecinos de todas partes del mundo. Los más inmediatos eran inmigrantes de Marruecos. En esas culturas, los hombres de la familia son bien unidos, siempre estaban en clan e iban juntos a la mezquita vecinal. Notaba que eran sociales conmigo, más no así con mi esposa, de quien, prácticamente, ignoraban su presencia. Más bien, por respeto. Con su ejemplo, aprendí a tener igual cautela con las esposas de ellos.
En la cultura árabe-bereber-islámica, se toma muy en serio el concepto de la familia y sobre todo lo de honrar a sus mayores, que son figuras de gran respeto y autoridad, pilares que transmiten las tradiciones, y a los que se les tiene gran consideración en la toma de decisiones. Lo digo porque en un momento llegaron del exterior los ancianos padres del que yo entendía era el jefe de familia. Ya no tenía idea de cuántos vivían en esa casa vecina, pero esa es la historia de muchos migrantes.
A media mañana, el matrimonio de ancianos recién llegados tomaba el sol mañanero en unas sillas colocadas de cara a la calle y a la entrada de la marquesina. Ambos usaban su vestimenta tradicional, una túnica holgada llamada chilaba, pero el anciano siempre vestía de color gris o crema y usaba zapatos puntiagudos como los de Aladino, el del genio de la lámpara.
Con el tiempo, el anciano de frágil constitución física y larga barba blanca que acentuaba su avanzada edad, tomó confianza y con el pretexto de pasear un perrito chihuahua se alejaba un poco de la casa hasta un punto cercano de la acera. En una ocasión, noté que hizo un tímido ademán de sentarse a descansar en mi banquillo y le dije: “Be my guest!”
Pasaron las semanas y la rutina se repetía casi diariamente. El anciano no era de hablar mucho y si algo decía, siempre en tono bajo, no le entendía. En una ocasión, intenté romper el récord de tener con él una conversación de más de un minuto.
“Puerrrto Rico” (dije, señalándome)… and you?”, le pregunté, haciéndome el tonto. Me miró como si no comprendiera. “Marraquech”, respondió a lo primero que respondió en esas semanas. Seguí usando la técnica y casi gritándole -para que me entendiera- le dije: “I would like to visit Rabat, Casablanca”.
Su rostro se iluminó por un momento y como señalando tres puntos cada vez más lejos dijo: “Oh, Rabat, Casablanca…” Y señalándose añadió: “Beni Mellal”. Entendí que era su lugar. Íbamos progresando. Hice otra prueba hablándole más pausado: “Meee, Carlos. And youuu?”
“Beni Mellal”, repitió. No insistí en saber su nombre. Di el caso por perdido y fue el último amago de conversación que tuvimos. Pocos días después, nos mudamos a un apartamento. Llegado el momento decisivo no me animé a llevarme el banquillo del lugar. Él le daba mejor uso que el que alguna vez yo le di.
Echaré de menos al viejito marroquí del chihuahua. Y de su parte, supongo, habrá echado de menos al señor de la casa del banquillo, del que él pensaría: “¡Por qué me alza la voz, si yo no soy sordo!”
El autor es un periodista retirado, ahora cronista de transporte ( confidente y compañía de juerga) de personas mayores. En FB. Tik Tok e Instagram: Carlos Ruben

