
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
El éxito en Santo Domingo 2026 llegó desde múltiples escenarios y disciplinas, confirmando que el deporte puertorriqueño ha ganado profundidad y que el relevo generacional dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad
Los Juegos Centroamericanos y del Caribe terminaron. El pebetero se apagó, las delegaciones emprendieron el regreso a casa y, como sucede cada cuatro años, comenzarán las comparaciones, los balances y las estadísticas. Se hablará de posiciones en el medallero, de oros, platas y bronces. Todo eso será importante, pero creo que, esta vez, el verdadero triunfo de Puerto Rico no cabe en una tabla de posiciones.
Santo Domingo 2026 nos recordó algo que, en ocasiones, olvidamos con demasiada facilidad: cuando Puerto Rico compite unido, cuando el talento se une al sacrificio y la preparación, esta pequeña isla puede mirar de frente a cualquier potencia deportiva de la región. Nuestra grandeza nunca ha dependido del tamaño del territorio, sino de la capacidad de nuestra gente para levantarse una y otra vez, aun cuando el camino parezca cuesta arriba.
Antes de viajar a República Dominicana, el Comité Olímpico de Puerto Rico habló de una meta ambiciosa: acercarse a las 100 medallas. Hubo quienes levantaron una ceja. Parecía un objetivo demasiado alto. Sin embargo, esa confianza no nació de la improvisación. Al final, fueron 124. Era el resultado de años de trabajo silencioso, de procesos deportivos bien encaminados y de una generación que venía dando señales de que estaba lista para asumir el protagonismo. Al finalizar los Juegos, quedó claro que aquella confianza tenía fundamentos.
Lo que más me impresionó de esta delegación fue que Puerto Rico ya no depende de uno o dos atletas para sostener su prestigio deportivo. Durante mucho tiempo esperábamos que unas pocas figuras cargaran con el peso de la bandera. Hoy la realidad es distinta. El éxito llegó desde múltiples escenarios y disciplinas, confirmando que el deporte puertorriqueño ha ganado profundidad y que el relevo generacional dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad.
Ahí estuvo José Figueroa, ratificando que el atletismo boricua atraviesa un momento extraordinario. Ahí estuvieron Yariel Soto y Alysbeth Félix, conquistando el decatlón y el heptatlón, dos de las pruebas más exigentes del programa atlético y reservadas para los deportistas más completos. Ahí apareció Víctor Ortiz, escribiendo una página histórica al convertirse en apenas el tercer puertorriqueño en subir al podio de los 5,000 metros en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe. No fueron victorias aisladas; fueron señales de que el atletismo puertorriqueño sigue creciendo con bases sólidas.
El tenis de mesa volvió a tener el nombre de Adriana Díaz como sinónimo de excelencia. Igualar las diez medallas centroamericanas de la nadadora Anita Lallande no es un dato cualquiera. Es entrar en un espacio reservado para los grandes del deporte puertorriqueño. Lo admirable de Adriana no es solamente que siga ganando. Es la consistencia con la que, año tras año, torneo tras torneo, ha llevado el nombre de Puerto Rico a lo más alto, convirtiéndose en inspiración para miles de niños y niñas que hoy sueñan con seguir sus pasos.
Si hubo una historia capaz de tocar el corazón de cualquier puertorriqueño fue la de Enrique «Quique» Figueroa y su hija Paula Figueroa Malatrasi. Padre e hija conquistaron juntos la medalla de oro en la clase Hobie 16 de vela. No fue únicamente un campeonato. Fue un legado pasando de una generación a otra bajo una misma bandera. Hay victorias que se celebran por el resultado. Otras se recuerdan por lo que representan. La de ellos quedará para siempre entre las más hermosas que ha vivido el deporte puertorriqueño.
Y hablando de defender lo conquistado, qué decir de Allanis Navas y María González. La dupla boricua volvió a demostrar que llegar a la cima puede ser difícil, pero permanecer en ella lo es aún más. Revalidaron el oro del voleibol de playa femenino al derrotar en una final espectacular a Cuba, confirmando que Puerto Rico sigue marcando el paso en una disciplina donde la constancia vale tanto como el talento.
También apareció una joven llamada Gabriela Hwang para recordarnos que el futuro ya comenzó. Con apenas 19 años conquistó la plata en la esgrima y dejó claro que Puerto Rico seguirá teniendo representación de primer nivel en una disciplina que exige disciplina, inteligencia y una enorme fortaleza mental. Como ella, decenas de jóvenes aprovecharon estos Juegos para anunciar que el relevo está listo.
Los equipos colectivos tampoco fallaron. El baloncesto masculino y femenino volvieron a responder cuando el país más los necesitó. Lo mismo ocurrió en otras disciplinas de conjunto que demostraron que el trabajo en equipo continúa siendo una de las fortalezas del deporte puertorriqueño. Mientras tanto, la natación, el tiro, el judo, la lucha, el taekwondo, el polo acuático, la esgrima, el voleibol y tantas otras modalidades siguieron aportando medallas y confirmando que Puerto Rico ya no celebra el éxito de unos pocos, sino el crecimiento de todo un movimiento deportivo.
Pero sería injusto pensar que Santo Domingo 2026 pertenece únicamente a quienes subieron al podio. Estos Juegos también son de los entrenadores que llegan antes que todos y se marchan cuando ya no queda nadie en la instalación. Son de las madres y los padres que sacrifican vacaciones, dinero y tiempo para acompañar a sus hijos en un sueño que muchas veces parece imposible. Son de las federaciones que hacen rendir cada centavo y de quienes creen en un atleta mucho antes de que el resto del país conozca su nombre. Ellos también ganaron una medalla, aunque nunca aparezcan en la fotografía oficial.
Ahora viene la parte más difícil. Celebrar siempre será agradable, pero el verdadero compromiso comienza cuando nuestros atletas regresan a casa. Si de verdad queremos seguir viendo a Puerto Rico entre los mejores, no podemos acordarnos de ellos únicamente cuando escuchamos La Borinqueña en una premiación. Necesitan respaldo, instalaciones, recursos, planificación y una política deportiva que trascienda un ciclo olímpico. Las medallas son el resultado de un trabajo; nunca deben ser el punto final de ese trabajo.
Cuando dentro de algunos años alguien abra un libro para buscar cuántas medallas ganó Puerto Rico en Santo Domingo 2026, encontrará un número. Pero quienes tuvimos el privilegio de seguir estos Juegos recordaremos algo mucho más importante. Recordaremos a una delegación que compitió con carácter, con dignidad y con un profundo amor por su bandera. Recordaremos a una generación que entendió que representar a Puerto Rico es mucho más que vestir un uniforme.
Porque las medallas cuentan la historia de una competencia. Pero el orgullo de un país… ese no cabe en ninguna estadística.

