
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
Ella me contaba, pero yo me había quedado pensando en cómo ayudarla buscándole alguna clase de alfabetización para adultos…
Conduciendo a baja velocidad entre calles de un poblado, me fijé en una señora que parecía desorientada y aparentaba estar llorando. Detuve la marcha y le pregunté si necesitaba ayuda. Me dijo que un taxista la había dejado equivocadamente allí, frente a un consultorio médico, y no le pudo reclamar porque el taxista no hablaba español. Ella me mostró un papelito con la dirección correcta y le dije: «Cálmese, yo la llevo».
Me llamó la atención que sustituía la «e» por la i, como si fuera “di Lari”, de los que toman “lechi di poti”, pero su acento era evidentemente mexicano. Me recordaba en su hablar a la India María, aquel personaje tan bien recordado del cine mexicano que se decía «tonta, tonta, pero no tanto». María también era su nombre.
En el trayecto, me contó que era de Toluca, y -como si fuera poco lo que le pasaba en aquel momento- me contó que está sola y -para ilustrar su soledad- añadió que sus hijas viven en otros estados, que tres de sus hermanos fallecieron a causa de la pandemia y que «a mi único hijo, el que me quedaba en México, me lo mataron». Yo escuchaba atento su historia cuando vino el jaque: “Y a mí se ‘mi jasi’ tan difícil vivir en este país porque no sé inglés, ‘miri’ usté, ni tampoco sé leer ni ‘iscribir”. Y eso me llegó al alma.
Siguió explicando cómo así, al no saber leer y no darse cuenta a tiempo del lugar en donde el taxista la había dejado, terminó sola en la calle en donde la encontré. “De pequeños, mi papá no nos llevó a la escuela y nos puso a trabajar en el campo…” Ella me contaba, pero yo me había quedado pensando en cómo ayudarla buscándole alguna clase de alfabetización para adultos y hasta viéndome de voluntario y calculando la hora de trayecto desde mi casa a donde estábamos, pues pocas veces se topa uno con adultos con esa desventaja.
Le comuniqué que iba a hacer lo posible por ayudarla y agradeció mi intención, “figúrisi usté”. Ya estaba a punto de dejarla en la dirección indicada y no quería que en la prisa se me olvidara apuntar su número de teléfono, que me había dicho de memoria. Si quería ayudarla, tenía que saber cómo encontrarla. Aproveché una breve parada en un semáforo para buscar un bolígrafo y un pedazo de papel, para que me apuntara su teléfono. Pero en eso cambió a verde la luz del semáforo.
Pasaron los minutos. Ella hablaba, yo escuchaba. No quería que se bajara, se nos olvidara y no tuviera cómo conseguirla. Y sin pensar, extendí mi brazo al asiento trasero para acercarle el papel y el bolígrafo y le dije: “No quiero que se nos olvide: apúnteme ahí su nombre y su número de teléfono” y me pareció escuchar a la India María cuando me respondió indignada: “¡Pero, señor, no li acabo de dicir que yo no sé leer ni iscribir!”
“¡Ay, perdóneme. Es que uno se enfoca en este ‘yipies’ y se me pasó el detalle. Discúlpeme”, le rogué, avergonzado de mi despiste.
Finalmente, para estar seguro, me bajé con ella en el médico para asegurarme que estuviera en el lugar correcto y que hubiese asistencia en español, con la promesa de que le buscaría ayuda.
Aún espero respuesta del programa de educación del condado, que parece no entender la prioridad de que primero aprenda a leer y escribir, pues me respondieron que sólo dan cursos de inglés elemental a migrantes agricultores… “y a ver si ahí podemos hacer una excepción y acomodarla…”
Si alguna vez pensé: «Carlos, no te metas…», sólo por mi despiste y mi metida de pata sigo en el empeño de conseguirle ayuda. Aún me retumba en la mente su “¡Pero señor, no li acabo de dicir que yo no sé leer ni iscribir!”
El autor es un periodista retirado, ahora cronista de transporte ( confidente y compañía de juerga) de personas mayores. En FB, Tik Tok e Instagram: Carlos Ruben Rosario

