La manera en que cuidamos nuestro cerebro hoy, puede aumentar las probabilidades de mantener un funcionamiento mental saludable en el futuro
Por Dr. Youssef Ahmad Pereira
Para Soy Silver

Cuando hablamos de planificación para el retiro, solemos pensar en una cuenta IRA, un 401(k) o alguna estrategia financiera que nos permita vivir con estabilidad económica en la adultez tardía. Sin embargo, existe otra cuenta de retiro, quizás más importante, y de la que hablamos muy poco: nuestra reserva mental.
Por lo general, se nos orienta o educa sobre la importancia de ahorrar e invertir económicamente para cosechar estabilidad en el futuro. No obstante, existe otra inversión a largo plazo que también puede transformar nuestra calidad de vida y que podemos comenzar a construir desde hoy. La manera en que cuidamos nuestro cerebro hoy puede aumentar las probabilidades de mantener un funcionamiento mental saludable en el futuro. La adultez tardía no es sinónimo de deterioro cognitivo o problemas de memoria.
Ahora bien, alcanzar una vejez saludable requiere reconocer que muchas de las decisiones cotidianas que tomamos hoy representan una inversión directa en nuestro futuro cerebral. El reto es que, en muchas ocasiones, no tomamos conciencia de ello hasta que comienzan a aparecer las dificultades. La evidencia científica es cada vez más clara: lo que afecta al corazón también afecta al cerebro.
Hipertensión, diabetes, colesterol elevado, obesidad, y sedentarismo, no son únicamente factores de riesgo cardiovasculares; también son factores de riesgo importantes para múltiples tipos de demencia, incluyendo, pero no limitándose, a la enfermedad de Alzheimer. Nuestro cerebro depende de una red vascular saludable para recibir oxígeno y nutrientes. Cuando esa red se deteriora, las consecuencias pueden sentirse no solo en el cuerpo, sino también en la memoria, la atención, el lenguaje y otras funciones cognitivas.
La buena noticia es que muchos de estos factores son modificables. En otras palabras, podemos transformar riesgos en factores protectores. Y uno de los ejemplos más poderosos es la actividad física. Mover el cuerpo es también ejercitar el cerebro. La actividad física regular se asocia con mejor circulación cerebral, reducción de inflamación, mejor regulación metabólica y con procesos asociados a la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para crear nuevas conexiones y adaptarse continuamente.
En términos simples, el cerebro cambia dependiendo de cómo lo utilizamos. Cambiar el sedentarismo por movimiento no es únicamente una decisión estética o cardiovascular; es una inversión directa en nuestra salud cognitiva futura. Pero esta reserva mental no se nutre solamente de ejercicio físico. También requiere mantener el cerebro activo. Aquí entra un concepto fascinante conocido como reserva cognitiva.
La reserva cognitiva se refiere a la capacidad del cerebro para resistir o compensar cambios asociados al envejecimiento o incluso a procesos neurodegenerativos. Algunas personas logran mantener un funcionamiento relativamente adecuado a pesar de presentar cambios cerebrales significativos. ¿Qué parece contribuir a esta resiliencia?Diversas investigaciones sugieren que mantener el cerebro activo y estimulado a lo largo de la vida puede ser la clave.
Actividades como leer, aprender cosas nuevas, conversar y compartir socialmente, tocar música, hablar más de un idioma, desarrollar hobbies o mantenerse participando activamente en las tareas del diario vivir ayudan a fortalecer conexiones cerebrales y crear una especie de “amortiguador” o margen de protección para el cerebro. Por tanto, mientras más robusto sea ese margen de protección, mayores recursos tendrá el cerebro para adaptarse ante el paso del tiempo o ante ciertas enfermedades.
En términos sencillos: así como vamos al gimnasio para fortalecer músculos, también debemos entrenar el cerebro para fortalecer conexiones neuronales. Muchas veces subestimamos el impacto acumulativo de pequeñas actividades diarias que fomentan la curiosidad, el aprendizaje, la interacción social y la flexibilidad mental a lo largo de la vida. El cerebro también envejece según cómo lo usamos.
La prevención de las demencias no comienza a los 70 u 80 años. De hecho, la evidencia actual apunta a que algunos cambios cerebrales asociados a ciertas enfermedades, como el Alzheimer, pueden comenzar de manera silenciosa 20, 25 o incluso 30 años antes de que aparezcan los primeros síntomas evidentes.
Por eso, cuidar el cerebro no debe verse como una preocupación exclusiva de la adultez mayor, sino como una inversión a largo plazo que comienza mucho antes, desde nuestras decisiones y hábitos cotidianos. Cada caminata, cada noche de sueño adecuada, cada control de presión arterial, cada conversación estimulante y cada hábito saludable representan depósitos en esa reserva mental que eventualmente todos necesitaremos.
Así las cosas, tal vez la pregunta más importante no es cuánto estamos ahorrando para el retiro, sino qué estamos haciendo hoy para proteger la mente con la que aspiramos vivirlo. Y la buena noticia es que esa inversión puede comenzar ahora mismo.
El autor es Decano del Centro Universitario de Mayagüez de la Universidad Albizu.

