
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
Es importante que el adulto mayor sienta que es tomado en cuenta a la hora de tomar decisiones que le afectan
A veces nos olvidamos de ello, pero los adultos mayores y los pacientes geriátricos tienen derechos como personas que son. Como los tenemos todos nosotros. Pero que, precisamente, por sus condiciones de salud o fragilidad, debemos velar con más recelo.
Y entre esos derechos, está también su dignidad. “La dignidad del ser humano es inviolable”, reza el artículo II de nuestra constitución. Así de importante es entenderlo y velar por ello. Pero hay una línea muy fina en lo que creemos es lo mejor para el adulto mayor en su condición de paciente, sin tener en cuenta la opinión que él o ella pueda tener.
A veces, con dolor, tenemos que anteponer nuestro criterio. Lo importante es que ese adulto mayor sienta que recibe un trato respetuoso, y que es tomado en cuenta a la hora de tomar decisiones que le afectan.
¿Que por qué digo todo esto? Les cuento. Debía llevar a una dama de mayor edad confinada a una silla de ruedas a una cita de urología. Cuando la recibí, noté que lloraba desesperada. Estaba determinada a no ir a la cita, desatendiendo los reclamos de su dama de compañía, o más bien una tutora de cuidados médicos. Yo no sabía el por qué de su negativa y la asistente no me daba detalles.
No es la primera vez que me sucede. Alguna vez tuve a alguien que en su condición mental de desespero me besó repetidamente los brazos -como buscando cobijo o seguridad- mientras intentaba desajustar su cinturón de seguridad y acceder a su negativa de que la llevaran a un examen médico.
Las condiciones mentales de un adulto mayor enfermo no se pueden subestimar. No podía ser parte de aquella presión. Los choferes comerciales – Lyft y Uber entre ellos – saben que la seguridad es primero.
Por aquello de tener un poco de humanidad, en aquel momento me senté en un banquillo en el jardín de la casa, para dar tiempo adicional a la acompañante para que resolviera la situación. Pero ante los oídos sordos de su asistente, la paciente impaciente insistía, que no y que no, que no quería ir a su cita médica.
Entonces, mientras la asistente hacía la llamada a los familiares de la señora, en su desespero, la paciente me dice: “Mire, es que yo no tengo nada debajo de esta bata y así yo no voy, señor no me lleve”.
No supe yo por qué era así, pero razones habrá y no soy quién para cuestionarlo. Es como quien prefiere ir a un aeropuerto en chanclas, sin medias, para aligerar la inspección o quien va con ropa cómoda y ancha a un examen médico para pasar el trago amargo…
Para que se tranquilizara, le dije: “Yo no soy quien toma la decisión, pero si en algo ayuda, así, en ese desespero que tiene, yo no voy a poder llevarla”.
En tanto, la asistente que ya había hecho la llamada de consulta, insistió en que se debía seguir. Y ahí fue que la señora, en su desespero, para dramatizar su reclamo, en un movimiento repentino alzó la falda de su bata y sin más ni más… ¡Cháchara, aquí, Cháchara allá!
“¡POR AMOR DE DIOS, señora, yo le creo. NO ME HAGA ESO! ” Nada más que decir. Me convenció, que si había que esperar, se esperaba. Ganó el caso.

