
Ing. Yamil I. Castillo Crescioni
Presidente Sociedad de Ingenieros de Puerto Rico
Hace años entendimos que había que eliminar barreras arquitectónicas. Ahora tenemos que eliminar barreras digitales
Mi padre comenzaba el día leyendo el periódico de rabo a cabo. Y cuando digo de rabo a cabo, no exagero. Leía las noticias, las columnas, los deportes, los anuncios, los edictos y, por supuesto, las esquelas.Estas últimas eran particularmente importantes porque, según él, había que verificar todos los días que uno estaba vivo. Y no podía faltar el crucigrama. Era parte del ritual: periódico, lápiz -porque había que poder borrar- y crucigrama.
Me pregunto cómo sería aquello hoy. Probablemente, tendría que bajar una aplicación, crear una cuenta, aceptar las “cookies”, inventarse una contraseña con mayúscula, minúscula, número, símbolo y quién sabe qué más para, finalmente, descubrir una palabra de cinco letras que significa “ave nocturna”. Y cuidado con equivocarse tres veces con la contraseña. Cero crucigrama ese día.
Hace un par de años escribí un artículo titulado “Mi amiga Suri”, donde relataba, en tono jocoso, mi tormentosa relación con el sistema electrónico de Hacienda. Terminamos en divorcio. Ahora mi CPA es quien habla con ella. La relación ha mejorado muchísimo desde que dejamos de hablarnos. Pero, detrás de aquella broma, había un asunto serio: no toda tecnología que funciona técnicamente, funciona para la gente.
Recientemente, escuché a un prominente político decir que la tecnología llegó para quedarse y que teníamos que adaptarnos a esa realidad. Con la primera parte estoy de acuerdo. Con la segunda tengo problemas. ¿Por qué tiene que ser siempre el ciudadano quien se adapte a la tecnología?
Decirle a un adulto mayor “tiene que adaptarse”, me parece humillante. Es casi decirle: “el mundo cambió, si usted no puede seguirle el paso, ese es su problema”. Quizás debe ser al revés. La tecnología también tiene que adaptarse al adulto mayor.
En mi casa tengo un excelente laboratorio para estudiar el asunto: mi esposa. A mí me encanta la tecnología. A mi esposa, no. Yo veo una aplicación y quiero saber qué hace. Ella ve una nueva aplicación y quiere saber quién la invitó. Después pregunta qué pasó con la anterior, que funcionaba perfectamente bien. Tengo que admitir que, muchas veces, tiene razón.
Cuando le explico que ahora algo es “mucho más fácil”, pero para hacerlo tiene que bajar una aplicación, crear una cuenta, inventarse otra contraseña y esperar el código de seis dígitos que llegará a otro aparato, me mira como diciendo: “¿Y a eso tú le llamas más fácil?”. Es difícil discutir con esa lógica.
He llegado a una conclusión: el problema no es que mi esposa no entienda la tecnología; es que la tecnología no entiende a mi esposa. Botones diminutos. Letras microscópicas. Contraseñas imposibles. Menús que cambian cada vez que, finalmente, aprendemos dónde estaban. Códigos de verificación que llegan al teléfono, mientras uno trata desesperadamente de recordar dónde estaba la pantalla en que tenía que escribirlos.
Y el famoso código QR, que parece haberse convertido en la contestación universal a todos los problemas de la humanidad. “Escanee el código QR”. ¿Y si no sé cómo? “Es bien fácil”. Magnífica ayuda…
Diseñar para el adulto mayor no es hacerle un favor. Es buen diseño. Necesitamos pantallas claras, letras ajustables, instrucciones sencillas, menos pasos y, muy importante, la posibilidad de hablar con un ser humano sin tener que derrotar primero a un robot telefónico que, después de diez minutos, termina diciéndonos: “No entendí su respuesta”.
Hace años entendimos que había que eliminar barreras arquitectónicas. Construimos rampas y ampliamos puertas. Ahora tenemos que eliminar barreras digitales. La tecnología debe facilitarnos la vida; no convertirse en un examen de admisión para poder vivirla.
Si mi padre estuviera vivo, estoy seguro de que aprendería a leer el periódico en una tableta. Hasta aprendería a hacer un crucigrama digital. Pero, antes de todo eso, él buscaría dónde están las esquelas. Después de todo, había que asegurarse de que todavía estaba vivo.

