
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
Su historia nos recuerda que nunca sabemos cuándo nos toca hacer último viaje, porque la vida es un suspiro
Que no sabe uno con qué pasajero o cuál viaje tendrá la historia de su vida…
Hablemos de Mae. Cuando se montó en el asiento trasero era, para cualquier conductor, una pasajera más. Había estado esperando su transporte en una esquina de la calle. La anciana se apoyaba de un andador y tenía con un cinturón atado a su cuello una bomba de oxigenación. Esperaba a la salida de su casa. El viaje era prearreglado, de esos que coordinan las compañías para las citas médicas.
(“Era negra. Que cosa, si fuera blanca no lo diría”, citando el verso inicial del poema Canda, de Jacobo Morales.) Para mí, que hago retratos de palabras, y por mi vocación de cronista, es pertinente hablar de su color, de su raza. Imagínenlo. Vestía con un traje color violeta y tenía un sombrero con plumillas, como las señoras que ves en las iglesias del sur de los Estados Unidos cantando himnos gospel.
Durante el trayecto salió el tema de la familia, que si los hijos, que si los nietos, que si el trabajo, que si hace tiempo… que si ya no están… De ahí, la anciana pasó a las anécdotas. Más relajada empezó a contar vivencias que le provocaban buenos recuerdos, pero -por momentos- no se le entendía lo que decía. Tú sabes, entre la mascarilla, su edad, la dificultad para respirar, el silbido inhalador y el golpe exhalador de la bomba de respiración, la música en la radio…
Y yo la miraba por el retrovisor, que los ojos era lo único que le veía, porque entre el sombrero y la mascarilla era lo único que le recuerdo. Entonces, entre la música que se escuchaba en la radio, le gustó una canción que reconoció de Tina Turner.
“Me gusta esa canción”, comentó. “Sube el volumen un poco más”.
“¿Le gusta Tina Turner? ¡Pues no se hable más!” Y la sugerencia fue orden.
“Me podrías bajar la temperatura del aire un poquito, que quiero descansar un poquito y tengo un poco de calor”
Y así, poco a poco se fue quedando dormida. Durante el resto de trayecto, la música sólo era interrumpida por el sonido de la bomba de respiración.
“¡Llegamos…!” Una mirada rápida por el retrovisor sólo daba fe de que -entre el sombrero y la mascarilla- esos párpados aún dormían. Entre el ir y venir de vehículos llevando y recibiendo pacientes, en el corredor frontal de los hospitales hay que darse prisa y en este negocio no hay tiempo que perder para recibir la próxima orden de viaje.
“¿Le ayudo con la señora?” La sugerencia por parte de una enfermera del hospital vino como caída del cielo, pues el andador se había atascado en el baúl. Lo que faltaba… La enfermera llamó por ayuda a algún conocido que pasaba. Ya el andador estaba afuera, en posición y listo para ser usado.
“¿Pasa algo?”, preguntó el chofer a la samaritana que le ofreció ayudar. “Esta señora está muerta. No tiene signos vitales”, escuchó decir.
Esta historia le pasó a mi hijo, mientras hacía servicios de Uber en el estado de Texas. Me llamó una primera vez. No le pude responder. Insistió dos veces más.
”¿Pasó algo? Mira que estoy trabajando”, le pregunto. Trato de no responder llamada familiares mientras trabajo en el transporte de adultos mayores, mayormente a sus citas médicas.
“Es que me pasó lo que nunca… No sé si voy o vengo o qué hacer. Voy pa’ casa a tomarme un tiempo”, me dijo antes de contarme de su pasajera, la que se le murió sin avisar en el asiento posterior de su carro.
Hubo un silencio de mi parte. No lo esperaba. ¿Y cómo consolar a mi hijo, que estaba aturdido? Porque en mi trajín diario, tras la salida con mis pasajeros, ellos nunca me han fallado y siempre han llegado a sus citas médicas y la historia sigue… Siempre sigue.
El autor es un periodista retirado, ahora cronista de transporte (confidente y compañía de juerga) de personas mayores. En FB, Tik Tok e Instagram: Carlos Ruben Rosario

