
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
Nada tiene de extraño que un atleta quiera romper una marca. Mi inquietud no está en su derecho a buscarla, sino en la naturaleza del récord que estamos celebrando
Hay que comenzar por donde corresponde: Amanda Serrano es una de las grandes figuras que ha producido el deporte puertorriqueño. Su legado está asegurado con nocaut 33 o sin él. Ha conquistado campeonatos mundiales en siete divisiones, abrió puertas que parecían cerradas para las mujeres en el boxeo y protagonizó combates que ayudaron a cambiar la valoración deportiva y económica de las peleadoras.
El viernes 21 de agosto, Serrano derrotó por decisión mayoritaria a Lucrecia Manzur y alcanzó la victoria número 50 de su carrera profesional. Su récord quedó en 50-4-1, con 32 nocauts, cifra que la mantiene empatada con Christy Martin. Después del combate reiteró que le queda una pelea y que ese nocaut número 33 continúa entre sus objetivos.
Nada tiene de extraño que un atleta quiera romper una marca. El deporte vive de números, desafíos y metas. Amanda tiene todo el derecho a querer despedirse estableciendo una cifra histórica. Mi inquietud no está en su derecho a buscarla, sino en la naturaleza del récord que estamos celebrando.
Un jonrón más no requiere que otro pelotero quede imposibilitado de continuar jugando. Un triple adicional no depende de que el adversario pierda temporalmente su capacidad para competir. El nocaut, por supuesto, pertenece legítimamente al boxeo y constituye una de sus formas reglamentarias de ganar. Nadie debería escandalizarse porque un boxeador intente detener a su rival. Pero una cosa es ganar por nocaut y otra convertir su acumulación en una carrera estadística que debe anunciarse, perseguirse y celebrarse.
La pregunta resulta pertinente porque hoy conocemos mucho más sobre las consecuencias de los impactos repetidos en la cabeza. La medicina deportiva lleva décadas estudiando la exposición acumulativa a golpes, incluso aquellos que no terminan necesariamente en una conmoción evidente. Esa preocupación ha obligado a otros deportes de contacto, como el fútbol americano, a revisar protocolos, equipos, entrenamientos y reglas en un intento por disminuir riesgos.
El boxeo enfrenta una contradicción mucho más compleja: golpear al contrario no es una consecuencia accidental del deporte, sino parte de su esencia competitiva. Por eso nadie está proponiendo eliminar el nocaut. Hacerlo sería transformar completamente el boxeo. La reflexión es otra: si conocemos mejor que antes los riesgos asociados con los impactos repetidos, ¿qué significa convertir precisamente el nocaut en la cifra alrededor de la cual construimos una gran narrativa deportiva?
Puerto Rico tiene razones demasiado cercanas para comprender que existe otro rostro detrás del brillo del cuadrilátero. El pasado 13 de agosto falleció Prichard Colón a los 33 años. Su vida había cambiado radicalmente desde aquella pelea de 2015 ante Terrel Williams, después de la cual sufrió una grave lesión cerebral y permaneció durante más de una década con severas secuelas neurológicas.
No comparo a Prichard con Amanda. Sería injusto e irresponsable. Las circunstancias son completamente diferentes y tampoco existe fundamento alguno para especular sobre la salud de Serrano. El caso de Prichard sirve para recordarnos algo más sencillo y más profundo: el boxeo puede producir consecuencias que continúan mucho después de que termina una pelea.
La responsabilidad, además, no corresponde únicamente a Amanda. Alrededor de cualquier gran figura existen promotores, organismos, comisiones, entrenadores, médicos, plataformas de transmisión, periodistas y aficionados. Todos participamos en la construcción de aquello que el deporte convierte en espectáculo. Si el nocaut 33 termina transformándose en la gran narrativa de su despedida, no será únicamente porque Serrano quiera conseguirlo, sino porque habrá una industria dispuesta a promocionarlo y un público dispuesto a consumirlo.
Y ahí el lenguaje también importa. Una cosa es informar que una campeona necesita un nocaut para romper una marca. Otra es convertir la posibilidad de que una adversaria sea detenida por los golpes recibidos en la principal expectativa comercial de una noche.
Esto tampoco tiene que ver con mirar paternalistamente a Amanda Serrano. Precisamente ella ha luchado durante años para que las mujeres sean tratadas bajo criterios de igualdad dentro del boxeo. La misma pregunta tendría que formularse si quien persiguiera una marca semejante fuera un campeón masculino.
Amanda tiene 37 años, 50 victorias, 32 nocauts, campeonatos en siete divisiones y tres combates frente a Katie Taylor que forman parte ya de la historia del boxeo femenino. Su nombre no necesita una cifra adicional para ocupar un lugar privilegiado en el deporte. La historia ya está escrita.
Por eso quizás la conversación no debería limitarse a preguntar si Amanda puede conseguir el 33. Claro que puede intentarlo. Tampoco corresponde a un periodista decidir cuándo debe retirarse una campeona. Esa decisión pertenece a la atleta, su equipo y los profesionales responsables de su salud.
La verdadera pregunta es qué significado queremos darle nosotros a esa búsqueda. El deporte necesita récords, rivalidades y metas capaces de alimentar la pasión de sus seguidores, pero también debería ser capaz de reconocer que no todas las estadísticas tienen la misma naturaleza.
Amanda Serrano merece despedirse como ella decida y Puerto Rico tiene razones de sobra para celebrar su extraordinaria carrera. Precisamente por eso podemos plantear una pregunta sin convertirla en un ataque.
Después de 50 victorias, siete divisiones conquistadas y 32 nocauts, la interrogante ya no es cuánto le falta a Amanda Serrano para hacer historia ¿Necesita el legado de Amanda Serrano un nocaut número 33, o es el espectáculo el que necesita que ella lo persiga?

