
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
Dos triples consecutivos de Pamela Rosado en el momento de mayor presión ayudaron a Puerto Rico a cambiar la historia frente a Turquía y continuar con vida en la Copa Mundial femenina en Alemania
Puerto Rico comienza con P. También Pamela. Y también Piculín. La coincidencia podría quedarse simplemente ahí, en una letra, si no fuera porque esta mañana en Berlín ocurrió uno de esos momentos que inevitablemente despiertan recuerdos entre quienes durante años hemos seguido a nuestras selecciones nacionales. Cuando el partido se apretó, el balón comenzó a pesar y Puerto Rico necesitaba una respuesta, Pamela Rosado asumió la responsabilidad.
Puerto Rico llegó al último periodo perdiendo 58-51 frente a Turquía. La situación era sencilla de entender y difícil de ejecutar: había que reaccionar para mantener vivo el camino mundialista. Imani McGee-Stafford abrió el cuarto periodo con una canasta y entonces apareció la capitana. Rosado convirtió dos triples consecutivos que borraron la ventaja turca y colocaron a Puerto Rico al frente 59-58. El partido había cambiado y también la energía de una Selección que terminó dominando ese cuarto 24-13 para llevarse una victoria 75-71 y avanzar a la ronda que definirá su pase a los cuartos de final.
Pamela terminó con nueve puntos. Arella Guirantes encabezó la ofensiva con 21, Trinity San Antonio aportó 18 e Imani McGee-Stafford sumó 16. La victoria fue colectiva y sería injusto presentarla de otra manera. Pero los partidos también tienen momentos, segundos particulares en los que una jugada puede cambiar el ánimo, la confianza y hasta la dirección de lo que está ocurriendo. Aquellos dos triples de la veterana armadora fueron uno de esos momentos.
Y fue entonces cuando apareció Piculín en la memoria.
Quienes vimos durante años a José “Piculín” Ortiz con la Selección Nacional masculina conocemos esa sensación. Hubo partidos en los que Puerto Rico necesitaba una canasta, un rebote, una jugada grande o simplemente alguien dispuesto a asumir la responsabilidad, y la mirada terminaba encontrándolo. No porque siempre fuera a resolver ni porque el deporte conceda garantías, sino porque existen atletas que parecen sentirse cómodos cuando el momento se vuelve incómodo.
No se trata de comparar a Pamela con Piculín ni de colocar dos carreras, dos épocas y dos selecciones diferentes sobre una misma balanza. No hace falta. La conexión está en otro lugar. Está en la capacidad de comprender que, cuando se viste el uniforme nacional, ya no se carga solamente con un apellido. Hay un país mirando y unas letras sobre el pecho que representan mucho más que al jugador o jugadora que las lleva.
Pamela Rosado conoce bien ese peso. Ha recorrido durante años el camino de una selección femenina que dejó de conformarse con participar para acostumbrarse a competir en los grandes escenarios. Este Mundial representa la tercera participación de Puerto Rico en el máximo torneo femenino y Rosado ha sido parte de esa evolución, incluida la clasificación conseguida meses atrás en San Juan.
Tal vez por eso aquella coincidencia con la letra P terminó llevándonos más lejos de lo que parecía. Puerto Rico, Pamela y Piculín pertenecen a una misma conversación, no por una letra, sino por esos momentos que nuestra memoria deportiva termina guardando. Piculín tuvo muchos de ellos. Esta mañana en Alemania, Pamela escribió uno propio.
Representar a Puerto Rico nunca ha sido solamente ponerse un uniforme. Significa entender lo que ese nombre representa para quien juega, para la familia que observa desde las gradas y para quienes siguen un partido desde nuestra Isla, a miles de kilómetros de distancia. Y cuando el marcador aprieta, quedan pocos minutos y alguien tiene que decidir si asume la responsabilidad, esas letras parecen pesar un poco más.
Esta mañana Pamela Rosado recibió el balón y lanzó. Entró. Poco después volvió a recibirlo y lanzó nuevamente. Entró otra vez. Dos triples, seis puntos y un partido que comenzó a cambiar de dirección. Puerto Rico terminó ganando y continúa caminando en el Mundial.
Quizás por eso recordamos a Piculín. No porque Pamela necesite parecerse a nadie, sino porque el deporte puertorriqueño reconoce esos momentos cuando los ve. Esta vez fue Pamela Rosado. Y sobre su pecho estaban, como tantas otras veces en nuestra historia deportiva, las mismas diez letras: PUERTO RICO.

