
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
Más que una despedida, la vida de José “Piculín” Ortiz reactiva una memoria colectiva de orgullo, carácter y representación que no se extingue
Tenía 12 años cuando en Puerto Rico viví la desaparición trágica e irreparable de Roberto Clemente. Recuerdo el silencio, el país detenido, el peso que no se explicaba con palabras. Con el tiempo entendí que no era solo la pérdida de un atleta, sino la ausencia de un símbolo que había llevado el nombre de Puerto Rico más allá de cualquier frontera. Ese sentimiento no se fue; se quedó viviendo en la memoria colectiva. Hoy, vuelve…
Porque con la partida de José Rafael ‘Piculín’ Ortiz, fallecido este 5 de mayo de 2026 a los 62 años en San Juan, tras enfrentar el cáncer colorrectal, Puerto Rico no se queda únicamente con la noticia de una muerte. Se queda, sobre todo, con la dimensión de una vida que representó al país con una intensidad difícil de repetir.
Piculín no fue solo grande por su estatura. Lo fue por lo que hacía cuando el juego pedía carácter. En el Centrobasket de 2001, en Toluca, México, con el oro en disputa ante República Dominicana y el partido en el filo, tomó una decisión que hoy ayuda a explicar quién era. Según relató el periodista Ray Garriga, presente aquella noche, se acercó al dirigente Julio Toro y al grupo y fue directo: “el juego está apretado, yo las quiero todas; yo decido si paso o tiro, pero las quiero todas en el primer toque cuando la bola venga”. No fue una frase para la historia; fue una declaración de responsabilidad. Puerto Rico ganó ese partido. Y esa escena quedó como una de las más claras de su liderazgo.
Ese era Piculín. El que no se escondía cuando el momento exigía. El que entendía que representar a Puerto Rico no era un gesto, era una responsabilidad. El que convertía la presión en dirección. Por eso su carrera no se explica con una lista, sino con alcance. Fue figura de la Selección Nacional en cuatro Juegos Olímpicos, compitió en la NBA y dejó huella en el baloncesto europeo, donde instituciones de peso lo reconocen como parte de su historia.
No es un detalle menor. No es solo que jugó afuera, es que afuera también supieron quién era. Aquí, en casa, fue más que un referente. Fue identidad. Fue presencia. Fue esa figura que, cada vez que salía a cancha con Puerto Rico en el pecho, hacía que el país se reconociera en su manera de competir. Por eso el apodo no fue casual: “El Concorde”. No por la velocidad o la altura solamente, sino por el impacto.
Porque cuando estaba en juego, elevaba el nivel de todo lo que lo rodeaba. Y ahí es donde esta historia encuentra su lugar real. No en la comparación, sino en la continuidad de lo que un país siente cuando una figura lo representa de verdad. Si Roberto Clemente enseñó lo que significa llevar a Puerto Rico al mundo, Piculín sostuvo esa línea desde otra cancha, en otro tiempo, con la misma convicción.
Por eso hoy no se escribe desde la tristeza. Se escribe desde el reconocimiento. Desde la certeza de que hay nombres que no se quedan en el recuerdo porque siguen presentes en lo que ayudaron a construir. Nuestro Piculín se eleva. Y lo que construyó… permanece como parte del juego y del país.

