El boxeador puertorriqueño falleció este jueves a los 33 años, luego de casi once años enfrentando las consecuencias de la lesión cerebral sufrida en su última pelea
Hay peleas que terminan cuando suena la campana y otras necesitan de los jueces para conocer al ganador. La de Prichard “Digget” Colón duró casi once años y se libró lejos de las luces, sin público en las gradas, sin cinturones de campeonato y con una familia que se negó a abandonar su esquina. Colón falleció este jueves, 13 de agosto, a los 33 años, según comunicó su padre, Richard Colón, poniendo punto final a una historia que comenzó mucho antes de aquella dolorosa noche del 17 de octubre de 2015 y que convirtió a uno de los prospectos más prometedores del boxeo puertorriqueño en símbolo de perseverancia dentro y fuera de Puerto Rico.
Antes de recordar lo que le ocurrió, hay que recordar quién era. Prichard nació el 19 de septiembre de 1992 en Maitland, Florida, pero Puerto Rico fue una decisión de vida. Siendo niño llegó a la Isla junto a su familia y se estableció en Orocovis. Aquí se formó como boxeador, pasó por el Albergue Olímpico de Salinas, vistió los colores nacionales y construyó una destacada carrera aficionada en la que ganó cinco campeonatos nacionales y obtuvo la medalla de oro en el Campeonato Panamericano Juvenil de 2010.
También persiguió el sueño olímpico rumbo a Londres 2012, pero quedó eliminado durante el clasificatorio continental ante el venezolano Gabriel Maestre. Su trayectoria aficionada terminó con un registro reportado de 170 victorias y 15 derrotas. Cerrada aquella puerta comenzó otro sueño: el profesionalismo, escenario al que llegó en 2013 cuando debutó en Cataño derrotando por nocaut en el primer asalto a Xavier LaSalle. A partir de entonces inició una marcha acelerada que en poco más de dos años lo llevó a sumar 16 victorias, 13 de ellas antes del límite.
No era solamente otro muchacho acumulando triunfos. Había expectativas alrededor de Colón, quien peleaba frecuentemente, avanzaba en el nivel de oposición y comenzaba a llamar la atención dentro de una generación que buscaba abrirse espacio en la siempre exigente tradición boxística puertorriqueña. El 11 de septiembre de 2015 consiguió una de las victorias más importantes de su joven carrera al detener en cuatro asaltos al experimentado excampeón mundial Vivian Harris en Toronto. Apenas cinco semanas después volvió al cuadrilátero sin que nadie pudiera imaginar que aquella sería la última vez.
El 17 de octubre de 2015, en el EagleBank Arena de Fairfax, Virginia, Colón enfrentó a Terrel Williams. Llegó con 23 años, récord perfecto de 16-0 y toda una carrera todavía por delante. Durante el combate hubo golpes detrás de la cabeza y protestas del puertorriqueño ante la autoridad del encuentro. Williams fue penalizado por uno de esos golpes, pero la pelea continuó hasta que, en el noveno asalto, Colón cayó en dos ocasiones.
Al concluir el episodio, su esquina comenzó a retirarle los guantes creyendo que el combate había terminado y la confusión provocó que fuera descalificado al no salir para el décimo asalto. Aquella derrota dejó oficialmente su récord profesional en 16-1, con 13 nocauts, aunque muy pronto el resultado deportivo sería lo menos importante de todo lo ocurrido aquella noche.
Después del combate, Prichard comenzó a presentar síntomas que requirieron atención de emergencia. Fue trasladado al hospital, donde fue diagnosticado con un hematoma subdural y sometido a una operación de emergencia para aliviar la presión sobre su cerebro. El joven que horas antes había entrado caminando al cuadrilátero comenzaba entonces la pelea más difícil de su vida. Permaneció 221 días en coma y, cuando despertó, nada volvió a ser como antes.

Desde aquel momento desaparecieron las clasificaciones, los posibles combates titulares y aquella pregunta tan común que acompaña a todo prospecto: ¿hasta dónde podrá llegar? Puerto Rico comenzó entonces a hacerse otra pregunta, mucho más sencilla y dolorosa: ¿cómo está Prichard?
Durante casi once años el país aprendió a esperar noticias diferentes de aquel boxeador. Ya no esperaba conocer el nombre de su próximo rival ni cuándo volvería a subir al cuadrilátero; esperaba algún progreso, una reacción, un movimiento o cualquier señal que su familia pudiera celebrar y compartir como una pequeña victoria.
Detrás de cada uno de aquellos momentos estuvieron sus padres. Richard y Nieves Colón protagonizaron silenciosamente la otra parte de esta historia, convirtiéndose en padre, madre, cuidadores y compañeros de esquina en un combate para el cual ningún gimnasio podía prepararlos. Mientras el mundo del boxeo continuaba produciendo campeones, carteleras, bolsas millonarias y nuevos prospectos, ellos permanecieron junto a su hijo, librando una batalla cotidiana que no tenía campana para terminar un asalto ni árbitro que ordenara detenerla.
El caso de Prichard quedó, además, como una incómoda referencia para el mismo deporte que amaba. Su historia volvió a colocar sobre la mesa las responsabilidades que existen alrededor de la seguridad del peleador, los golpes ilegales, la intervención arbitral y la atención médica alrededor de un cuadrilátero. Son preguntas que el boxeo nunca debería dejar de hacerse porque, detrás del espectáculo, de las luces y de los millones de dólares que puede generar una gran pelea, siempre existe un ser humano que pone su integridad en juego cuando cruza las cuerdas.
Pero reducir a Prichard Colón a lo sucedido aquella noche sería cometer otra injusticia. Antes del hospital hubo un muchacho que decidió representar a Puerto Rico, hubo campeonatos nacionales, una medalla panamericana juvenil, un sueño olímpico, 16 victorias profesionales y 13 nocauts. Hubo, sobre todo, un joven que imaginó algún día convertirse en campeón mundial. Después de aquella noche hubo algo que ningún récord, clasificación o organismo podía medir: hubo resistencia, y durante casi once años esa resistencia estuvo acompañada por una familia que nunca abandonó su esquina.
Su padre comunicó este jueves la noticia que durante tantos años nadie quería recibir. En su despedida reveló además uno de esos pequeños detalles capaces de contar por sí solos una historia enorme: había intentado cumplir el deseo de su hijo de regresar de vacaciones a Puerto Rico, pero no pudo conseguirlo. Quizás por eso, la relación de Prichard con esta Isla adquiere hoy una dimensión todavía mayor. Nació en Florida, pero escogió representar a Puerto Rico; aquí se hizo boxeador, aquí persiguió unos Juegos Olímpicos y aquí construyó parte de sus sueños. Desde la distancia, durante los años más difíciles de su existencia, Puerto Rico nunca dejó de preguntar por él.
Prichard tenía 23 años cuando subió por última vez a un cuadrilátero y murió a los 33. Entre ambas edades transcurrió prácticamente otra carrera completa, solo que esta vez no hubo victorias anotadas en BoxRec, cinturones para levantar ni jueces entregando puntuaciones. Su familia llevó la cuenta de otra manera: un día más, un pequeño progreso, una nueva terapia, otro cumpleaños y una nueva oportunidad de seguir luchando. Así fueron transcurriendo los años hasta llegar a este jueves.
Prichard “Digget” Colón nunca pudo conocer hasta dónde habría llegado aquel boxeador invicto que entró al EagleBank Arena el 17 de octubre de 2015. Tal vez habría sido campeón mundial y tal vez no, porque el deporte nunca concede certezas sobre los sueños que quedaron pendientes. Lo que sí sabemos es que su última pelea terminó siendo la más larga: duró casi once años y, en esa batalla, acompañado siempre por su familia, Prichard Colón jamás dejó de tener a Puerto Rico en su esquina.

