
¡AHORA ES QUE ES!
Mildred Tirado Vázquez
PERIODISTA
No todo emprendimiento comienza con un plan de negocios de veinte páginas. A veces comienza con una receta, una conversación, una idea que parece pequeña o alguien que dice: “Vamos a hacerlo”
Hay gente que nace con el don de echar pa’lante. Gente que no espera a que las cosas sucedan, sino que busca la manera de hacerlas realidad. Y, en el camino, no se olvida de los suyos.
Puri es una de esas personas. Vive en un barrio en la colindancia entre San Juan y Guaynabo. La conozco desde que estaba en escuela superior y, desde chiquita, sacaba la cara por cualquiera de los suyos. Si había que defender a alguien, allí estaba. Si había que meter mano, también.
Los años han pasado, pero hay cosas que no cambian. Hoy, Puri sigue siendo esa mujer que se mueve, resuelve y busca la manera de ayudar a su gente. Es emprendedora en todo el sentido de la palabra. Monta un kiosco, prepara almuerzos, vende empanadillas y alcapurrias, y cuando llega el fin de semana, cambia el menú. Siempre hay algo que inventar, algo que ofrecer, una manera de producir y seguir hacia adelante.
Pero lo de Puri no se queda en vender. Hace poco organizó un bingo en un terreno del barrio e invitó a otros emprendedores a participar y vender sus productos. Porque ella no piensa solamente en lo suyo. También crea oportunidades para que otros puedan echar pa’lante. ¡Así es ella!
A veces pensamos que emprender significa tener una gran idea, conseguir mucho dinero, montar un negocio con un nombre llamativo y esperar a que lleguen los clientes. Nos imaginamos grandes proyectos y olvidamos que muchas veces todo comienza con algo mucho más sencillo: reconocer lo que sabemos hacer, ponerle creatividad y atrevernos a comenzar.
Emprender puede ser cocinar rico y vender almuerzos. Preparar unas buenas alcapurrias. Montar una mesa para ofrecer lo que hacemos con nuestras manos. Organizar una actividad en el barrio. Convocar a otros para que también tengan la oportunidad de generar ingresos.
No todo emprendimiento comienza con un plan de negocios de veinte páginas. A veces comienza con una receta, una conversación, una idea que parece pequeña o alguien que dice: “Vamos a hacerlo”. Y se hace.
Claro que emprender requiere esfuerzo, sacrificio y mucha perseverancia. No todo sale bien a la primera y no siempre se gana lo que uno espera. Pero quienes se atreven, descubren que tienen talentos que quizás nunca habían reconocido y capacidades que no sabían que podían desarrollar.
Puri me recuerda que para emprender no hace falta dejar de ser quien uno es. Al contrario, las mejores iniciativas muchas veces nacen de nuestra esencia, de lo que conocemos, de la gente con la que hemos crecido y de las ganas de aportar algo bueno a los demás.
Por eso aplaudo a las Puri. A esas mujeres que van a todas, que no se quedan esperando por nadie, que convierten las ideas en acción y que, aun mientras buscan su propio sustento, encuentran espacio para ayudar a los demás. Mujeres genuinas, que no necesitan grandes títulos para demostrar lo que valen. Mujeres que conocen el poder de trabajar y el valor de compartir las oportunidades.
En tiempos en que tantas personas esperan el momento perfecto para comenzar, ellas nos enseñan que a veces lo que hace falta es dejar el miedo a un lado y meter mano con lo que tenemos. Porque emprender no siempre es montar un gran negocio. A veces es atreverse a dar el primer paso. Y otras, como hace Puri, es dar ese paso y abrirles camino a los demás.
¡Que vivan las Puri! Las que resuelven, las que inventan, las que se arriesgan y las que nunca olvidan de dónde vienen. Con su ejemplo nos recuerdan que sí vale la pena emprender sin miedo. Y que cuando el talento se junta con las ganas de echar pa’lante, hasta un terreno del barrio puede convertirse en el lugar donde comienzan grandes cosas.
