
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
La controversia provocada por FIFA Forward Enterprise trasciende el retiro de un proyecto económico para trasladarse al terreno más delicado de cualquier institución: legitimidad del liderazgo y la forma en que se ejerce el poder
La retirada de FIFA Forward Enterprise no significó únicamente el fracaso de una propuesta empresarial valorada en miles de millones de dólares. Lo ocurrido durante los últimos días reveló una crisis mucho más profunda dentro de la organización que gobierna el deporte más popular del planeta. Por primera vez en muchos años, el debate dejó de centrarse exclusivamente en el dinero, el crecimiento económico o la expansión comercial de la FIFA para trasladarse al terreno más delicado de cualquier institución: la confianza en su liderazgo, la legitimidad de sus procesos y los límites del poder presidencial.
Más que una discusión financiera, el fútbol mundial comenzó a preguntarse quién tiene derecho a decidir su futuro y bajo qué principios deben tomarse decisiones que afectan el patrimonio deportivo de miles de millones de personas.
“El verdadero poder no se demuestra cuando todos aplauden. Se revela cuando alguien se atreve a decir que no”. Esa frase resume mejor que cualquier otra lo que ha ocurrido dentro de la FIFA. Durante décadas hemos repetido que el fútbol es el deporte del pueblo. Lo vemos en una cancha de tierra en cualquier rincón de África, en una favela brasileña, en un barrio argentino, en una escuela europea o en cualquier comunidad del Caribe donde una pelota basta para reunir a niños y adultos alrededor de una misma ilusión.
El fútbol pertenece a todos porque existía mucho antes que los contratos televisivos, los patrocinadores multinacionales, los fondos de inversión y las cifras multimillonarias que hoy dominan la industria deportiva. Precisamente por esa razón, la controversia provocada por FIFA Forward Enterprise trasciende el retiro de un proyecto económico. Lo que realmente ha quedado sobre la mesa es una pregunta que probablemente acompañará al fútbol durante muchos años: si este deporte pertenece a todos, ¿quién tiene la legitimidad para decidir su futuro?
Para comprender la magnitud de esta crisis resulta indispensable abandonar, por un momento, la inmediatez de la noticia y mirar hacia la historia. Las grandes instituciones no nacen siendo poderosas ni comienzan a debilitarse de un día para otro. Ambas realidades son consecuencia de procesos largos, complejos y, muchas veces, imperceptibles.
Una mirada a la historia
La FIFA fue fundada en París el 21 de mayo de 1904 por apenas siete asociaciones nacionales con el propósito de establecer reglas comunes para organizar el fútbol internacional. Nadie podía imaginar entonces que aquella pequeña organización terminaría representando a 211 asociaciones afiliadas, administrando el evento deportivo más visto del planeta y manejando recursos económicos comparables a los de algunas de las corporaciones más importantes del mundo. En sus primeros años, la FIFA administraba un deporte. Más de un siglo después, administra también uno de los negocios más grandes de la industria global del entretenimiento.
El primer gran salto llegó bajo la presidencia de Jules Rimet. Su nombre permanecerá para siempre ligado al nacimiento de la Copa Mundial de Fútbol en 1930, pero reducir su legado únicamente a la creación de un torneo sería injusto. Rimet comprendió que el fútbol podía convertirse en un instrumento capaz de unir naciones, superar diferencias culturales y construir un lenguaje común entre pueblos completamente distintos.
La Copa Mundial nació como un símbolo deportivo antes que como un fenómeno económico. Su principal valor no residía en los contratos comerciales ni en los derechos televisivos, sino en la extraordinaria capacidad que tenía para reunir al mundo alrededor de una misma pasión. Durante buena parte del siglo XX, la mayor fortaleza de la FIFA no fue su riqueza económica, sino la confianza que inspiraba como institución encargada de proteger y desarrollar el deporte.
La verdadera transformación comenzó décadas después con João Havelange. El dirigente brasileño entendió antes que muchos que el fútbol no solo despertaba emociones; también poseía un potencial comercial prácticamente ilimitado. Bajo su liderazgo, la FIFA inició una profunda revolución económica sustentada en la expansión de los derechos de televisión, el crecimiento de los patrocinios internacionales y la consolidación de la Copa Mundial como el evento deportivo más importante del planeta.
Aquella estrategia permitió multiplicar los recursos destinados al desarrollo del fútbol y abrir oportunidades para asociaciones nacionales que durante décadas habían permanecido alejadas de los grandes escenarios internacionales. Sin embargo, esa misma transformación introdujo un elemento nuevo en la ecuación: desde ese momento, el éxito deportivo comenzó a caminar de la mano del poder económico. El fútbol seguía siendo un patrimonio cultural de la humanidad, pero también se convertía en un producto con un valor comercial gigantesco.
Joseph Blatter heredó ese modelo y profundizó todavía más la expansión económica de la FIFA. Durante su administración crecieron las competencias, aumentaron los ingresos y el organismo alcanzó niveles financieros nunca antes vistos. Sin embargo, el extraordinario crecimiento económico terminó acompañado por la mayor crisis de credibilidad de la historia contemporánea de la institución.
Los escándalos de corrupción que desembocaron en investigaciones internacionales demostraron que ninguna organización, por poderosa que sea, puede sostener indefinidamente su autoridad cuando la confianza comienza a deteriorarse. Aquella etapa dejó una enseñanza que parecía imposible de olvidar: el dinero fortalece a las instituciones, pero nunca sustituye la legitimidad que les permite gobernar.
Fue precisamente en ese contexto donde apareció Gianni Infantino. Elegido presidente en 2016 con la promesa de iniciar una nueva etapa de transparencia y reformas, encontró una FIFA golpeada por los escándalos, pero también consciente de la necesidad de reconstruir su imagen internacional. Durante casi una década, los resultados parecieron darle la razón. Los ingresos crecieron de manera extraordinaria, la organización expandió sus torneos, fortaleció sus programas de desarrollo y consolidó un músculo financiero que hoy la coloca entre las entidades deportivas más poderosas del mundo.
Apareció la tentación
Desde una perspectiva estrictamente económica, pocos dirigentes pueden exhibir cifras comparables. Y precisamente por eso, resulta tan llamativo que la mayor crisis política de su administración no haya surgido de un problema financiero, de un escándalo de corrupción o de un fracaso deportivo, sino de una propuesta concebida, según la propia FIFA, para fortalecer aún más el futuro económico del organismo.
La historia demuestra que las instituciones rara vez enfrentan sus desafíos más complejos cuando atraviesan momentos de debilidad. Por el contrario, suelen hacerlo cuando alcanzan la cima de su poder. Es entonces cuando aparece una tentación tan antigua como la propia política: creer que el éxito alcanzado concede un margen ilimitado para seguir ampliando la capacidad de decisión.
No afirmo que esa haya sido la lógica que inspiró a Gianni Infantino. Carecemos de pruebas para sostener semejante afirmación y el periodismo responsable no puede reemplazar la evidencia con sospechas. Sin embargo, sí existe una pregunta que merece ser formulada con absoluta seriedad: ¿qué ocurrió para que un presidente fortalecido por los mejores resultados económicos en la historia de la FIFA terminara enfrentando la mayor contestación política desde su llegada al cargo?
La respuesta, probablemente, no se encuentra únicamente en FIFA Forward Enterprise. Porque el verdadero problema nunca fueron exclusivamente los 4,200 millones de dólares que rodeaban la propuesta, ni la eventual participación de inversionistas privados, ni siquiera la posibilidad de crear una nueva estructura empresarial.
El verdadero problema comenzó cuando una parte importante del fútbol mundial dejó de discutir el contenido de la iniciativa para comenzar a cuestionar el procedimiento mediante el cual esa iniciativa había sido concebida. Y esa diferencia cambia completamente el sentido de esta historia, porque cuando el debate abandona el terreno de los números para instalarse en el de la gobernanza, la transparencia y la confianza institucional, ya no estamos hablando simplemente de un proyecto económico. Estamos hablando de la forma en que se ejerce el poder dentro de la organización que gobierna el deporte más popular del planeta.
La reacción que provocó FIFA Forward Enterprise demuestra que el verdadero conflicto nunca giró exclusivamente alrededor del dinero. La propia FIFA defendió el proyecto asegurando que la nueva estructura permitiría atraer recursos adicionales para fortalecer el desarrollo del fútbol mundial sin renunciar al control institucional de sus principales activos comerciales.
Esa explicación merece ser considerada con seriedad. Resultaría intelectualmente deshonesto ignorar la versión oficial del organismo o reducir todo el episodio a una simple teoría conspirativa. Sin embargo, las grandes crisis institucionales rara vez se producen únicamente por el contenido de una propuesta. Casi siempre nacen de la percepción de que las reglas mediante las cuales se toman las decisiones han comenzado a cambiar. Y fue precisamente esa percepción la que terminó uniendo a sectores del fútbol que históricamente no siempre habían caminado en la misma dirección.
La UEFA fue la primera en romper públicamente con Gianni Infantino. Su presidente, Aleksander Čeferin, no se limitó a cuestionar FIFA Forward Enterprise; fue mucho más lejos al denunciar que una decisión de semejante trascendencia había avanzado sin la consulta, la transparencia y la rendición de cuentas que exige el gobierno del fútbol mundial.
El mensaje europeo fue extraordinariamente duro, porque dejó de discutir el proyecto para cuestionar el liderazgo. Cuando una organización como la UEFA afirma públicamente que ha perdido la confianza en la conducción de la FIFA, el debate deja de ser administrativo para convertirse en un problema político de primer orden.
Lo verdaderamente significativo fue que Europa no quedó sola. La Concacaf, encabezada por Victor Montagliani, respaldó esa posición y expresó que una decisión de semejante magnitud debía recorrer primero los mecanismos institucionales de consulta antes de intentar materializarse. Más allá del contenido de los comunicados, el mensaje político resultó evidente: dos de las confederaciones más influyentes del planeta coincidían en que el procedimiento utilizado por la FIFA había abierto una grieta en la confianza institucional. Ese detalle merece atención, porque las organizaciones deportivas pueden sobrevivir a una propuesta rechazada; lo que les resulta mucho más difícil es administrar una pérdida de confianza entre quienes las integran.
El cambio que probablemente alteró con mayor fuerza el tablero político ocurrió en Asia. Durante años, la Confederación Asiática de Fútbol había sido considerada uno de los principales pilares electorales de Gianni Infantino. Precisamente por eso sorprendió que su presidente, Salman bin Ibrahim Al Khalifa, enviara una comunicación a sus asociaciones cuestionando la falta de consulta, la limitada transparencia y el escaso tiempo concedido para evaluar una iniciativa con profundas implicaciones jurídicas, económicas e institucionales.
Más allá del contenido específico de esa carta, el significado político resulta imposible de ignorar. Cuando uno de los bloques que históricamente respaldó al presidente comienza a expresar reservas sobre la forma en que se ejerce el liderazgo, el problema deja de ser un desacuerdo técnico para convertirse en una señal de desgaste político.
En contraste, Sudamérica optó por una estrategia completamente distinta. Hasta el momento, la Conmebol no ha emitido un pronunciamiento oficial condenando a Gianni Infantino ni respaldando públicamente la posición encabezada por la UEFA y la Concacaf. Alejandro Domínguez ha mantenido durante años una relación cercana con el presidente de la FIFA y, al menos por ahora, el silencio parece responder más a una actitud de prudencia que a una ruptura.
Algo similar ocurre en África. La Confederación Africana de Fútbol tampoco ha condenado públicamente la propuesta ni ha retirado su respaldo político a Infantino, manteniéndose como uno de los bloques que continúan siendo percibidos como fundamentales dentro de su estructura de apoyo. Oceanía, por su parte, ha permanecido prácticamente ausente del debate público.
Lucha de poderes
Ese mapa político resulta extraordinariamente revelador. Europa rompe. Norteamérica, Centroamérica y el Caribe se alinean con esa ruptura. Asia comienza a cuestionar procedimientos que hasta hace poco parecían incuestionables. África mantiene su respaldo. Sudamérica guarda silencio. Oceanía observa.
Lo que inicialmente parecía una discusión sobre una empresa denominada FIFA Forward Enterprise termina dibujando algo mucho más profundo: una disputa por el equilibrio de poder entre las seis confederaciones que sostienen la estructura política de la FIFA. Y cuando el análisis se observa desde esa perspectiva, la pregunta deja de ser si el proyecto era financieramente conveniente. La verdadera pregunta pasa a ser otra: ¿hasta qué punto el presidente de la FIFA puede impulsar transformaciones estructurales sin construir previamente el consenso político necesario para sostenerlas?
Puerto Rico tampoco permaneció al margen de esta discusión. Aunque la Federación Puertorriqueña de Fútbol no emitió un comunicado independiente sobre el caso, decidió respaldar públicamente la posición asumida por la Concacaf. Ese gesto puede parecer pequeño frente al escenario mundial, pero posee un profundo significado institucional.
Al apoyar la postura de la confederación a la que pertenece, Puerto Rico dejó claro que entiende que decisiones de semejante magnitud deben construirse mediante procesos transparentes, consultados y respetuosos de los mecanismos de gobernanza establecidos por la propia FIFA. En un momento en que muchas asociaciones nacionales optaron por guardar silencio, la Federación Puertorriqueña decidió expresar públicamente cuál era su posición institucional.
Llegados a este punto conviene formular una pregunta que, probablemente, incomode a muchos. Si FIFA Forward Enterprise representaba una oportunidad tan extraordinaria para fortalecer el desarrollo del fútbol mundial, ¿por qué terminó siendo retirada en cuestión de días? La respuesta oficial sostiene que la FIFA escuchó las preocupaciones expresadas por sus asociaciones y decidió retirar la propuesta para preservar la unidad de la organización.
Esa explicación es perfectamente válida y merece ser considerada. Sin embargo, también resulta legítimo preguntarse si un proyecto concebido para transformar el futuro económico del fútbol habría sido abandonado con tanta rapidez si hubiera contado con un respaldo político sólido. La historia institucional demuestra que las organizaciones rara vez renuncian a las iniciativas en las que realmente creen. Generalmente retroceden cuando comprenden que el costo político de seguir adelante puede resultar mayor que los beneficios esperados.
¿Se recuperará la confianza?
Existe otra reflexión que el fútbol tampoco puede eludir. Ningún fondo de inversión compromete miles de millones de dólares impulsado por la pasión que despierta una Copa Mundial. Lo hace porque espera obtener una rentabilidad. Esa afirmación no constituye una acusación ni convierte automáticamente en ilegítima cualquier alianza con el capital privado. Describe, sencillamente, la naturaleza de ese tipo de inversiones.
Precisamente por ello, resulta razonable preguntarse si la organización encargada de proteger el patrimonio deportivo más importante del planeta puede incorporar actores cuya lógica principal responde al rendimiento financiero sin correr el riesgo de modificar, con el paso del tiempo, las prioridades bajo las cuales se toman determinadas decisiones. La cuestión no consiste en demonizar la inversión privada. Consiste en preguntarse si el fútbol puede seguir siendo gobernado exclusivamente bajo criterios deportivos cuando nuevos intereses económicos pasan a formar parte de la ecuación.
Quizás Gianni Infantino logre superar políticamente esta crisis. Quizás conserve el respaldo suficiente de África y Sudamérica para mantenerse como la figura dominante de la FIFA de cara a las elecciones presidenciales de 2027. Todo eso es perfectamente posible. Sin embargo, incluso si así ocurriera, existe un hecho que ya forma parte de la historia reciente del fútbol mundial y que difícilmente podrá borrarse.
Por primera vez desde su llegada a la presidencia, una parte significativa de la familia del fútbol decidió decirle públicamente que no. Y cuando eso sucede, el problema deja de ser un proyecto empresarial, una cifra multimillonaria o una estrategia comercial. El verdadero debate pasa a ser la legitimidad del liderazgo y la forma en que se ejerce el poder.
La historia enseña que el dinero puede construir estadios, financiar competiciones y multiplicar oportunidades para millones de niños alrededor del mundo. También enseña que ninguna institución consigue preservar su autoridad cuando quienes la integran comienzan a cuestionar la manera en que se toman las decisiones. Las organizaciones no comienzan a debilitarse cuando dejan de generar recursos; comienzan a hacerlo cuando la confianza deja de caminar al mismo ritmo que el poder. Esa, más que cualquier otra, parece ser la verdadera lección que deja esta crisis.
Al final, la pregunta nunca fue si la FIFA podría generar otros cuatro mil doscientos millones de dólares. La verdadera pregunta siempre fue otra: ¿quién tiene derecho a decidir el futuro del fútbol? La respuesta no puede pertenecer exclusivamente a un presidente, a una confederación o a un grupo de inversionistas. Tampoco puede descansar únicamente sobre balances financieros o promesas de crecimiento económico.
Si el fútbol continúa siendo el deporte del pueblo, su mayor patrimonio no seguirá siendo la Copa Mundial ni los contratos comerciales que la rodean. Su mayor patrimonio seguirá siendo la confianza de quienes creen que ese deporte pertenece a todos. Porque el día en que el fútbol deje de pertenecer a quienes lo aman para convertirse únicamente en el activo más valioso de una negociación, quizás siga siendo el negocio más grande del mundo, pero habrá comenzado a perder algo infinitamente más importante: su alma.


Tremendo trabajo. Excelencia de principio a fin.