
¡AHORA ES QUE ES!
Mildred Tirado Vázquez
PERIODISTA
¿Alguna vez has escuchado esa vocecita interior que no te deja creerte tu propia historia? Pues, tiene nombre y apellido.
No importaba lo que hiciera, inevitablemente ese pensamiento se colaba por una rendija de mi cerebro. No venía de un error grande ni de un fracaso evidente. Llegó un día cualquiera, después de un logro que, en teoría, debía hacerme sentir orgullosa.
Estaba en medio de una reunión con un cliente al que estoy asesorando en estrategias digitales. Me comentó lo satisfecho que estaba con lo que habíamos logrado en poco tiempo, el peso que le quitaba de encima, de “lo bien que lo estás haciendo”. Y mientras asentía y sonreía, por dentro pensaba que el logro no me correspondía.
“No es para tanto”, repetía una vocecita interna.
Y era algo que no solo me pasaba a mí. Notaba que cada vez que entregábamos una orden o terminábamos un proyecto, mi hermana-socia me miraba y preguntaba: ¿Les gustará? En otras ocasiones, observé que ella abordaba a quienes nos habían comprado algún producto sobre qué pensaban del mismo y cómo les había resultado.
“Yo siempre pregunto -me dijo- porque es que no me creo capaz de hacer las cosas hasta que la gente me lo dice”.
Tras leer un artículo relacionado a este tema, entendí que lo que nos pasaba tiene nombre y apellido: síndrome del impostor. El mismo – término fue acuñado por las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes en los años 70- trata de un patrón psicológico en el que una persona, a pesar de tener logros reales, siente que no merece su éxito y teme ser “descubierta” como un fraude.
No es una enfermedad, sino una forma de pensar muy común, especialmente en personas responsables, perfeccionistas o que están creciendo profesional o personalmente. Es esa vocecita que no te deja creerte tu propia historia. Ese momento incómodo en el que tus logros no logran convencerte. En el que creces, avanzas, te arriesgas… pero tu mente insiste en que estás ocupando un lugar que no te corresponde.
Y es que nos enseñaron a prepararnos, a hacerlo bien, a cumplir… pero no necesariamente a reconocernos. A decir: “Esto lo logré yo”. A habitar con tranquilidad los espacios que nos hemos ganado. Entonces, cuando llegan, en vez de disfrutarlos, los cuestionamos. Y ahí empieza esa lucha silenciosa: demostrar hacia afuera seguridad mientras por dentro negocias con tus propias dudas.
He visto ese patrón repetirse en conversaciones, en proyectos, en mujeres valientes que empiezan algo nuevo, en personas que regresan al mundo laboral, en quienes deciden reinventarse. No es falta de talento. No es falta de preparación. Es falta de permiso interno.
Lo cierto es que hemos crecido, hemos logrado, hemos avanzado. Y cada paso nos ha costado lo suficiente como para saber que no estamos ocupando un lugar prestado, sino uno que conquistamos con esfuerzo y ganas.
Y quizá ahí está lo más liberador: aceptar que no necesitamos ser perfectas para merecer lo que ya es nuestro. Que podemos abrazar nuestros logros sin pedir permiso, celebrar sin justificarnos, sentir orgullo sin sentir culpa.
Porque el verdadero impostor nunca fuimos nosotras; fue ese pensamiento que se coló por la rendija de nuestro cerebro… y ya la sellamos.

