
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
La gran enseñanza -para nosotros los “sexanegers”– que nos dejó la pianista Midge Bowman, es que la vida no termina a los 80
Una de mis sabias ancianas preferidas cumplió cabalmente su encomienda. Midge Bowman se mantuvo activa en sus 102 años cabalmente vividos. Dar felicidad y amor a sus vecinos, mediante la música, fue su ocupación.
El primer recuerdo que guardo de ella fue verla en su andador camino al supermercado a dos esquinas de su apartamento, en el edificio en que les sirvo de transporte. Iba tan independiente, tan segura, tan despreocupada a sus 97 años. Recién la empezaba a conocer. La memoria de esa ocasión hubiese pasado inadvertida de no ser porque, camino al supermercado, llevaba puesta una nariz roja, como de payaso. Era un Red Nose Day.
Era diminuta. No creo que llegara a los cinco pies de estatura, pero así mismo era una especie de dínamo, de imán que atraía, propiciando alegrías a quienes se le acercaban. Lucía su cabello canoso en corte de paje, tenía ojos pequeños y mirada caída, y boca grande siempre sonriente. Por alguna condición médica, procuraba protegerse brazos y piernas con una banda elástica.
El cariño que le tuve se acrecentó de camino al salón de recorte, a las citas médicas o a alguna tienda de música, donde iba a comprar partituras musicales en transcripción para piano. Me hablaba de los animales, le encantaban. Fue entrenadora de perros. Era ferviente defensora de la dignidad de las minorías étnicas y los derechos humanos, y férrea crítica de los desatinos del gobierno en ese aspecto.
Me contaba de su vida, que era de New York, y que comenzó tocando el trombón en la banda de su escuela superior. Llegó a graduarse del Conservatorio de Música de Oberlyn. En su primer día como maestra de escuela conoció a su esposo, con quien se trasladó a Orlando en 1989, para retirarse y donde llegó a ser la voz femenina del Orlando Swing Band.

En nuestros viajes a sus citas médicas, le encantaba que le pusiera viejos musicales de Rodger’s y Hammerstein, que cantábamos juntos en el carro. Además de pianista y organista, profesora de música, directora de coros y amante del jazz, era miembro de la junta de la Orlando Symphony Orchestra.
En su edificio de residencia, mi lugar de trabajo, insisto, era responsable del Sip-Along with Midge, un junte de los miércoles a las 10 de la mañana, en los que ella repartía el cancionero de la semana y tocaba el piano a los residentes. Era “Sip” porque durante el concierto semanal, siempre se servía limoncillo. En sus últimas semanas, cuando su ánimo y fuerzas no le permitían dar todo su potencial, sus exalumnos y artistas locales invitados que le honraron con su amistad, se encargaron de darle una mano llevando una pequeña orquestación.
En el 2023 fue exaltada al primer Salón de la Fama de la Sociedad de Jazz de Florida Central. Que si había que vestirse así o asá, no se perdía un embeleco. Y menos una reunión de la Orlando Symphony Orchestra. Yo la llevaba al salir de mi turno y le preguntaba quién la traería de vuelta. Me pedía que por eso nunca me preocupara, que habría quién y si no, tomaba un Uber. De igual forma, era asidua asistente a los conciertos en las salas musicales del Dr. Phillips Performing Arts y la catedral del jazz, The Blue Bamboo. A su entrada, era saludada por los músicos que conocía y al finalizar los conciertos, se requedaba para felicitar a quienes le impresionaban en sus ejecutorias y hasta a algunos becó.
El pasado 7 de junio, el alcalde del condado de Orange declaró el Dia de Midge Bowman, proclama que se le entregó en una actividad en homenaje como ninguna otra ha habido y a la que asistieron todos los residentes, empleados de servicio hasta el personal de administración. No faltaron cantantes e instrumentistas de la Filarmónica, la Sinfónica y conjuntos de jazz.
Mi último recuerdo de ella fue verla cantando al lado del pianista y el tenor invitado, en el último Sip Along With Midge, una semana antes de tener un accidente con su andador, tras el que no recobró su consciencia.
Han pasado cuatro semanas desde que Midge partió y desde que, días después, retiraron el piano del pasillo. Y con eso se cerró una página. La recordamos en la capilla residencial, la que adornaron como si fuera un club de jazz, como ella lo quiso, con un junte musical de artistas y algunos de sus becados. Y luego, cumpliendo sus deseos, la despedimos con una misa. Más bien, ella se despidió. Redactó su propio mensaje que fue leído, a lo que procedió -como lo pidió- una procesión al ritmo del Dixieland Band en New Orleans, con un duelo entre trombones y trompetas y desfile con sombrillas. Sus ancianos vecinos, muchos en andadores, intentaron su mejor ritmo.
Midge fue -literalmente- genio y figura hasta la sepultura. Su gran enseñanza, para nosotros los “sexanegers” es que la vida no termina a los 80. Todavía nos faltan al menos 40 años de candela. Reafirmo lo que aprendí con mi madre: que hay personas que no se lloran, sino que, por haber llenado tanto nuestra existencia, se sonríe a su partida. No uso regularmente la frase que se dice en estas penosas ocasiones, pero por esta vez la voy a variar: “Midge, descansa en Jazz!”
El autor es un periodista retirado, ahora cronista de transporte (confidente y compañía de juerga) de personas mayores. En FB, Tik Tok e Instagram: Carlos Ruben Rosario

