
POR EL CENTRO
Héctor Maldonado
PERIODISTA DEPORTIVO
Cuando un torneo depende del talento de la MLB, pero no siempre responde a una lógica equivalente, la pregunta deja de ser retórica
“Nada ni nadie por encima de la ley” no es una frase ornamental. Es un principio esencial del Estado de Derecho y de cualquier sistema que aspire a ser justo. Significa igualdad ante la norma, límites claros al poder y coherencia en la aplicación de las reglas. No admite apellidos, rangos ni conveniencias.
Cuando ese principio se relativiza, lo que se resiente no es la letra de la ley, sino la confianza en el sistema que la administra. Ese marco es el que obliga hoy a formular una pregunta incómoda, pero necesaria, dentro del béisbol internacional: ¿quién manda aquí?
La Mayor League Baseball (MLB) es, sin discusión, el máximo referente del béisbol mundial. Es la principal cantera de talento, el epicentro económico y el modelo competitivo que alimenta a muchas de las selecciones nacionales que participan en el Clásico Mundial de Béisbol. El torneo se beneficia directamente de ese talento, de ese prestigio y de esa estructura.
En la MLB, donde hay más dinero, más exposición y más intereses en juego, existen reglas claras, marcos regulatorios definidos y mecanismos que permiten conciliar el negocio con la práctica deportiva. Allí se manejan realidades complejas, desde contratos millonarios hasta asuntos médicos y conductuales, dentro de un sistema que asume responsabilidades y ofrece garantías.
Sin embargo, cuando ese mismo jugador cruza al escenario del Clásico, el marco parece cambiar. Aparecen criterios distintos, restricciones adicionales y decisiones que no siempre se explican con la misma transparencia. Algunos peloteros cuentan con avales y seguros; otros, en condiciones aparentemente similares, no. El resultado es una sensación de asimetría que merece ser examinada con seriedad.
Si el Clásico se nutre de la MLB; si la MLB es la base competitiva del torneo; y si ambos comparten jugadores, público e intereses, entonces la pregunta es legítima: ¿por qué el Clásico tendría que operar por encima, o al margen, de los criterios del propio referente que lo sustenta? ¿Se trata de una cuestión de moralidad institucional? ¿Es un intento de la federación internacional por marcar distancia y preservar una imagen de pulcritud absoluta? ¿O es una estructura heredada que no ha sido revisada a la luz de un béisbol moderno, globalizado y profundamente interconectado?
La pulcritud importa. La ética importa. Nadie discute eso. Pero la ética también exige coherencia. Y cuando las normas parecen aplicarse de forma distinta según el escenario, el nombre o el contexto, el debate deja de ser deportivo y se convierte en estructural.
Revisar posturas no significa rebajar estándares. Significa alinearlos. Significa reconocer que el béisbol de hoy no se rige por compartimentos estancos, sino por un ecosistema común donde las decisiones de una institución tienen impacto directo en las demás.
Porque cuando un torneo depende del talento de la MLB, pero no siempre responde a una lógica equivalente, la pregunta deja de ser retórica y pasa a ser institucional. Y entonces, inevitablemente, volvemos al principio. Si nadie está por encima de la ley. Si el juego exige reglas claras y equitativas. Si la credibilidad es el activo más valioso del béisbol internacional. ¿Quién manda aquí… y bajo qué reglas?
El autor es periodista deportivo con más de 35 años de experiencia; miembro de la Asociación de Periodistas Deportivos de Puerto Rico (APDPR) y de la Asociación Internacional de Periodistas Deportivos (AIPS-América).

