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Roberto Ortiz: mil razones para aplaudir su gesta

Redacción Silver Por Redacción Silver
septiembre 21, 2026
in DEPORTES
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Roberto Ortiz: mil razones para aplaudir su gesta
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POR EL CENTRO

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Héctor Maldonado

PERIODISTA DEPORTIVO

El árbitro cagüeño llegó a 1,000 juegos en las Grandes Ligas, pero detrás de esa cifra existe una historia mucho más grande que vale la pena exaltar

En Puerto Rico hemos aprendido a mirar hacia las Grandes Ligas buscando los nombres de los nuestros. Queremos saber quién bateó de hit, quién conectó un cuadrangular, quién ganó, quién salvó, quién fue ascendido desde las menores o cuál de nuestros muchachos recibió finalmente esa llamada que llevaba esperando desde niño.

Es natural en un país donde el béisbol no es simplemente otro deporte, sino parte de nuestra historia, de nuestros pueblos, de nuestras conversaciones y hasta de la manera en que distintas generaciones han construido sus héroes deportivos. La semana pasada, sin embargo, ocurrió algo que merece que dirijamos la mirada hacia otro lugar del diamante: el cagüeño Roberto Ortiz alcanzó los 1,000 partidos trabajados como árbitro de Grandes Ligas en su décima temporada en el mejor béisbol del mundo.

Mil juegos impresionan por sí solos. Son mil oportunidades en las que una decisión puede provocar aplausos de un lado y protestas del otro, noches detrás del plato donde cada lanzamiento exige juicio inmediato y jornadas en las bases en las que tampoco existe espacio para distraerse. Hoy, además, una decisión arbitral puede ser repetida por televisión desde distintos ángulos y analizada casi instantáneamente por miles de personas.

Sin embargo, mientras pensaba en lo conseguido por Ortiz, terminé encontrando más valor en lo que ocurrió antes del primer partido que en la propia cifra de mil, porque Roberto quería ser pelotero y una lesión en una muñeca terminó alterando aquel sueño. El camino que había imaginado para permanecer dentro del béisbol cambió y tuvo que tomar una de esas decisiones para las que ningún atleta joven suele prepararse: qué hacer cuando aquello por lo que has trabajado durante años ya no parece posible.

Esa parte de su historia debería hablarnos particularmente en Puerto Rico. Nuestros parques están llenos de niños y jóvenes que sueñan con jugar pelota profesional, recibir una beca universitaria, ser seleccionados en el sorteo o algún día escuchar su nombre anunciado en un estadio de Grandes Ligas. Celebramos, como corresponde, al que lo consigue, pero pocas veces hablamos con la misma fuerza del que se lesiona, del que no fue firmado, del que quedó fuera de una selección o del que un día descubre que probablemente no llegará como jugador.

Roberto Ortiz demuestra que cambiar la ruta no significa necesariamente renunciar al destino. Él no abandonó el béisbol cuando aquel primer sueño se complicó; encontró otra manera de permanecer dentro del juego y comenzó desde abajo un recorrido completamente distinto.

Ortiz inició su trayectoria en el arbitraje profesional en las ligas menores en 2009 y debutó en Grandes Ligas el 14 de mayo de 2016. Tampoco aquel debut significó que todo estaba conseguido. Continuó trabajando como árbitro de ascenso y acumuló cientos de encuentros mientras esperaba la oportunidad de establecerse definitivamente. Fue en 2022 cuando MLB lo incorporó a su cuerpo arbitral permanente, convirtiéndolo en el primer árbitro nacido en Puerto Rico en alcanzar esa posición.

Desde entonces también ha recibido responsabilidades en la postemporada, incluyendo series de comodín y divisionales. La historia debe contarse correctamente porque antes, en 2008, Delfín Colón había abierto una puerta al convertirse en el primer puertorriqueño en arbitrar un encuentro de Grandes Ligas. Ortiz tomó, posteriormente, otro tramo de ese camino y consiguió convertir aquella presencia en una carrera permanente dentro de MLB.

Ahí es donde esos 1,000 juegos adquieren para mí otra dimensión. Roberto terminó llegando al escenario con el que había soñado cuando quería ser pelotero, solamente que lo hizo vestido de otra manera y ocupando otro lugar dentro del diamante. No llegó con un bate esperando su turno ni con un guante para defender una posición; llegó con la responsabilidad de impartir justicia en un deporte donde el árbitro vive una realidad muy distinta a la del jugador. Un cuadrangular puede convertir al bateador en héroe y un ponche puede provocar una ovación para el lanzador, mientras que muchas veces el mejor partido de un árbitro es, precisamente, aquel en el que nadie termina hablando de él. Permanecer diez temporadas bajo ese nivel de exigencia y alcanzar mil encuentros dice mucho de preparación, disciplina y consistencia.

El Pabellón de la Fama del Deporte Cagüeño celebró el logro y su secretario, Luis Domenech, describió el trabajo de Ortiz como “orgullo de Puerto Rico y de su ciudad de Caguas”. La expresión tiene un significado especial, porque Puerto Rico ha construido buena parte de su historia deportiva alrededor del béisbol.

Hemos producido jugadores extraordinarios, dirigentes, entrenadores y figuras reconocidas internacionalmente, pero la presencia de Ortiz nos recuerda que nuestra aportación al juego no tiene que limitarse a quienes batean, lanzan o fildean. También podemos desarrollar árbitros, preparadores, técnicos, ejecutivos y profesionales capaces de llegar a los niveles más altos. Para una isla donde tantos niños crecen alrededor de una pelota, ampliar esa visión también es una forma de crear oportunidades.

Por eso quizás la parte más importante de la historia de Roberto Ortiz no está en los 1,000 partidos que ya trabajó, sino en lo que pueda ocurrir después de ellos. A través de RO40, ha comenzado a compartir su experiencia y a colaborar en la formación de personas interesadas en desarrollarse dentro del arbitraje. Eso transforma un logro individual en algo que puede tener continuidad.

Llegar primero tiene un enorme mérito, pero ayudar a que detrás puedan llegar otros comienza a construir un legado. Algún joven puertorriqueño puede descubrir mediante ese trabajo que existe una profesión que nunca había considerado y que el mismo béisbol que parecía haberle cerrado una puerta todavía tenía otra esperando por él.

Eso es lo que más me deja pensando de estos 1,000 juegos. En algún parque de Puerto Rico puede haber hoy un muchacho lesionado creyendo que todo terminó, otro que acaba de enterarse de que no será firmado o alguno que simplemente comprenderá con el tiempo que no llegará a las Grandes Ligas como jugador. La historia de Roberto Ortiz no les promete que alcanzarán su mismo destino, pero sí les demuestra que un sueño puede transformarse y continuar teniendo valor. Él quería llegar al mejor béisbol del mundo y terminó haciéndolo por un camino que probablemente nunca imaginó cuando comenzó a jugar.

Roberto Ortiz merece que celebremos sus 1,000 partidos, pero quizás su legado más importante todavía esté por escribirse. Puede aparecer el día en que otro puertorriqueño se coloque detrás del plato en un estadio de Grandes Ligas y sepamos que pasó por uno de sus talleres, recibió su orientación o simplemente entendió, viendo su ejemplo, que aquel camino también existía.

Entonces podremos mirar hacia atrás y comprender que Roberto no solamente consiguió permanecer en el béisbol después de que una lesión cambiara sus planes. En un Puerto Rico donde este deporte forma parte de lo que somos, encontró otra manera de alcanzar su sueño y, mientras lo hacía, dejó el camino un poco más abierto para los que vienen detrás.

Tags: BéisbolDeportesMLBRoberto Ortiz
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