
PA’ ALLÁ ES QUE VAMOS
Carlos Rubén Rosario
PERIODISTA RETIRADO, «DESCRIBIDOR» Y CRONISTA DE TRANSPORTE
Después de cierta edad, las “sabias con canas” parecen liberarse de todas sus inhibiciones…
Hablemos del recato, esa actitud de mostrar cautela en nuestros actos, o de una cierta reserva al hablar. Transportando a mis “sabias con canas” me he dado cuenta de que, con la edad, a veces se pierde la virtud del recato. Ocurre en ambos sexos, supongo. Pero en esos estudios de campo que realizo como hombre objeto de comentarios por parte de mujeres de mayor edad, puedo concluir que pasados los 70 años, las mujeres se liberan de sus inhibiciones y pierden el miedo al “qué pensarán por lo que digo…” Ejemplos sobran.
Caso #1: Un par de días a la semana, las residentes disfrutan de una hora de acuaeróbicos en una piscina comunal. Las llevo y, si tengo oportunidad, les espero. Terminada la sesión, espero siempre sus comentarios de cómo les fue y de los beneficios, en cuerpo y mente, del ejercicio.
“¡Hoy estoy bien mojá!”, juro que le escuché advertir a una octogenaria, al tiempo que me guiñaba un ojo, mientras intentaba subir el primer escalón para adentrarse en el autobús. Eso, antes de aclarar que traía una toalla para ponerla de protector de asiento. En tanto, yo, detrás de ella, recibí su comentario, entre pasmado y sonriente, pendiente a que no diera un traspiés. Con una mano al aire cerca de su espalda, pero mirando pa’ allá, pa’l carajo, evitaba ver las gotas bajar por sus muslos (que hay vivencias que se pueden evadir).
Caso #2: Otras veces, tengo que salir a otras obligaciones y les advierto que no tengo hora segura para buscarlas y llevarlas de regreso. (Además, con estas señoronas, uno aprende a no especificar horas.) Unas protestan por lo bajo, otras se resignan y no pude evitar la carcajada cuando la más cercana a mí me dijo en inglés: “A mí, búscame cuando tú quieras”. (¡Con tonito incluido, que lo noté, titerona!)
Caso #3: No sé si es que se hacen… pero se intenta ser caballero y luego cogen a uno “de mangó bajito”. Y es que, de momento, olvidan cómo ponerse el cinturón. Entonces, de regreso de la piscina, hay que hacer milagro para colocarles el cinturón, porque no encuentran entre cadera de una y cadera de otra, “el cosito que hace clic”.
Y yo, conductor resignado, tengo dos opciones: con el cinturón en mano y desde afuera, tantear a distancia el roto del “clic”. Así, palpar con los dedos la bata de baño por la parte de la cadera de la más próxima a mí o meterme de cabeza y casi poner una rodilla por encima de la pasajera más próxima, para buscar el seguro del cinturón, rozando la nalga de la del lado contrario, que es lo más eficaz.
Entonces, inevitablemente, mi mente de víctima imagina a la más cercana, con mi cuello en su cara, cerrando los ojos y aspirando el aroma de mi piel. (Que no puedo decir “perfume”, porque se nos tiene prohibido usarlo, por el riesgo a las alergias de esa distinguida clientela.)
Los cuentos aún no terminan y dan para seguirlos en la próxima columna. En tanto, estoy a otro “viernes de piscina” de que a alguna de las que no saben ponerse el cinturón en el asiento trasero, se le ocurra decir: “esto es como un trío en posición de kamasutra”.
¡Y hasta ahí!… ¡que parece que lo tienen de relajito!
El autor es un periodista retirado, ahora cronista de transporte ( confidente y compañía de juerga) de personas mayores. En FB. Tik Tok e Instagram: Carlos Ruben Rosario

